Me encontraba en Atenas, nevó sobre la ciudad y deduje que eso llevaría a cerrar al público la subida hasta el Partenón, en la cima de la Acrópolis, para evitar resbalones, caídas, incidencias. La nevada fue leve, a media mañana apareció un tímido rayo de sol y decidí probarlo. El Partenón se recorre habitualmente bajo el cegador sol de justicia, una luz rutilante, pura, crepitante, triunfal, capaz de demostrar que la piedra inerte puede ser efusiva y la dureza marmórea tan dulce. Recorrerlo por una vez bajo la atmósfera tenue de la nieve valía el intento. Me presenté sin demasiadas esperanzas en las taquillas de compra de la entrada, al pie de la colina. El impulso de la curiosidad a veces se ve premiado. El recinto estaba abierto, insólitamente solitario, desertado por los grumos de miles de visitantes diarios, recorrido tan solo por contados atrevidos que avanzábamos a pequeños pasos vacilantes, como de geisha japonesa, sobre el resbaloso y empinado empedrado lamido por los siglos y el gentío habitual. El premio no era solamente ver por un día el Partenón bajo la capa nívea que lo realzaba, sino poderlo hacer en soledad y en
