A veces el paisaje y las figuras que se le asocian no son tan solo la proyección afectiva de un telón de fondo, un decorado realista o bien alegórico, un sumario de luces y colores con una determinada poética adherida, ni siquiera una geografía de referencias heredadas sobre un lugar dado. Algunos paisajes forman parte de la interioridad de cada uno, de modo que se resisten a la redundancia a pesar del tiempo transcurrido para convertirse en un sentimiento, un mito cambiante, una revelación de formas labradas por la naturaleza y las personas, una memoria asimilada, una interpretación material de las cosas. Constituyen una resonancia más que un entorno, un medio, un territorio o un espacio. Comencé a amar a Tamariu cuando la vida no se
