Algunas tardes enfilo la carretera de Begur y bajo hasta la cala de Sa Tuna solo por contemplar desde la playa de guijarros como el último rayo de sol poniente tensa, imanta y enciende la Punta d’Es Plom, la roca que cierra por el lado de garbí la cazuela de la pequeña bahía, la cala oclusa como una valva. Lo hace con una luz crujiente, de una pureza que no parece de este mundo, con una eficacia narrativa que no necesita musas ni correlatos simbólicos sobre la roca hirsuta y familiar. El diccionario Alcover-Moll define la palabra “tuna” como silo o cueva de forma ovalada. A esta hora la roca de Sa Tuna, ofrecida lánguidamente al sol, fulge con un brillo de plata vieja. Compone un espectáculo lumínico de preciosismo simple y fabuloso a la vez,