La decisión del presidente turco Erdogan de convertir de nuevo el eminente templo cristiano desconsagrado de Santa Sofía en mezquita, en la megalópolis estratégica de Estambul, no es más que una provocación burda. Su poder al frente de la primera potencia del Mediterráneo (80 millones de habitantes, fuerza militar dominante, situación crucial en el punto geográfico de paso entre Europa y Asia) se basa en la re-islamización que enfervorece a su pueblo, tras el laicismo impuesto por el golpe de Èstado modernizador de Kemal Ataturk en 1923. La religión vuelve a ser utilizada como siglos atrás para afirmar la identidad propia ante los demás, dentro de una manipulación primaria y eficaz de los sentimientos de pertenencia de la gente. Ahora solo faltaría que la trampa también le funcione en Occidente y nos rasguemos las vestiduras por la nueva “profanación” islámica de Santa Sofía, como ya sucedió en 1453 a raíz de la conquista otomana de la gran
