Imaginé que si el día de ayer se nublaba en algún momento, podría hacer frescoallá arriba. Llevé un suéter de algodón en en la mochila, por si acaso. El anfitrión me recibió con un jersey de lana puesto, que no se quitó en todo el día. Comprendí por qué. Antes de comer nos instalamos a la sombra acogedora de un tilo monumental. La copa de hojas vibrátiles llegaba casi al suelo y formaba una geoda vegetal fresquísima. Mientras charlábamos, Amadeu Cuito se abotonó el suéter de lana y yo subí la cremallera del mío hasta la nuez del cuello. Mi incredulidad me impedía admitir que estaba pasando frío en un mediodía soleado de agosto, sin embargo era frío auténtico en plena canícula. Me pareció un placer casi orgásmico. El aroma excelso
