20 jul. 2020

Cae a pedazos la célebre fábrica de puros Partagás en La Habana

El célebre edificio barroco de la fábrica de habanos Partagás, abierta en 1845 por el fundador catalán Jaume Partagàs en pleno centro de La Habana, cerró por amenaza de ruina en 2011. La producción se trasladó en espera de restauración, como todo el centro histórico de la capital cubana. En la planta baja permaneció en actividad la tienda Partagás de venta al público, la más conocida en el epicentro mundial de la especialidad. Ahora también acaba de cerrar, por los mismos motivos. Pude visitar en detalle esta fábrica en plena actividad durante la redacción de mi libro Cigars, la cultura del fum (Ed. La Magrana, 1998) y comprobar de cerca la elaboración manual del mejor tabaco del mundo. Las operaciones de torcido parecen sencillas y
son un oficio de máxima pericia, aunque la técnica manual solo protagonice una parte del misterio. La otra parte, igualmente indispensable, la pone cada fumador con la contribución predispuesta de su deseo ilusionado.
La pasión de los habanos se enciende mucho antes de prenderle fuego, instante que paradójicamente significa el inicio de su extinción. Primero el puro ofrece una carnosidad evidente, una sedosidad lograda en un largo recorrido de habilidades. Un buen puro se hace mirar. El tacto supera acto seguido la satisfacción de la vista. Un buen cigarro se hace palpar con la yema de los dedos y responde con una ternura indescriptible, segura de su firmeza y su disposición a ser compartida, como si también anhelara encenderse. La ternura no ha significado nunca fragilidad ni ablandamiento.
Magullar con delicadeza un tejido celular vivo y predispuesto permite comprobar por la vía táctil un mundo de sensaciones dispuestas a ser consumadas, consumidas. Un buen cigarro se prepara. Tal vez nunca ha hecho más que eso, prepararse para este instante. Solo pide que se esté a la altura a la hora de hacer coexistir la suavidad con la fortaleza, la rotundidad con los matices que le dan sentido, la llama con la fabulosa fecundidad de los caprichos del humo. Un buen cigarro se fuma, no se quema.
Después de tantos años transcurridos, aun prefiero la marca Partagás. Que trasladen las instalaciones donde quieran.

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