En la carretera de curvas que baja de Begur a la playa de Aiguablava los coches suelen circular raudos, empeñados en llegar cuanto antes a su destino, sin un minuto que perder, pegados al trasero del vehículo que les precede si este se atreve a reducir la velocidad para saborear el paisaje, que aquí es detallista como una ceremonia japonesa del té. Yo soy de los que en este punto aminoro la marcha del coche y provoco la impaciencia del conductor que tenga la mala suerte de seguirme, hasta que me apiado y me hago a un lado para detenerme, dejarlo adelantar y, aprovechando la ocasión, estirar las piernas entre rincones generalmente menospreciados, ignorados, invisibles para todos aquellos que tienen prisa. Uno de los rincones insólitos