30 abr. 2019

Pocos reparan en dos particularidades cerca del CaixaForum

La multitud que se dirige cada día al CaixaForum barcelonés de Montjuïc se fija poco y visita menos una obra maestra situada justo enfrente, el reconstruido Pabellón Mies Van der Rohe. Si a pesar de todo lo hacen, prestan más atención a los innovadores volúmenes de la pequeña edificación que al revestimiento de sus paredes. Se podría escribir una novela sobre la operación de extraer de una cantera, trasladar e instalar estas losas de ónix de mármol (a la derecha de la foto), a raíz de la reconstrucción exacta llevada a cabo en 1986 del pabellón alemán diseñado
por el eminente arquitecto Mies van der Rohe en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929. Derribado a la clausura del certamen, fue reconstruido durante los prolegómenos olímpicos en el mismo lugar y con los mismos materiales, ahora nuevos.
Actualmente el ónix se explota más como piedra semi-preciosa de cuarzo micro-cristalino (una variedad del ágata) para joyería que en la versión calcárea emparentada de mármol de revestimiento. Subsisten pocas canteras de mármol de ónix en el mundo y los reconstructores del pabellón Mies van der Rohe barcelonés (dirigidos por los arquitectos Fernando Ramos, Ignasi de Solà Morales y Cristian Cirici) tuvieron que recorrer a la experiencia profesional del marmolista de Granollers de tercera generación Jordi Marqués para explorar –infructuosamente-- las posibilidades en la cantera romana de Bagno di Tivoli y las legendarias de Carrara. De bloques de ónix con las dimensiones deseadas, ni rastro.
Les mandaron a Egipto, sin suerte. Tras numerosas gestiones localizaron una antigua cantera de ónix semiparalizada en la localidad argelina de Bou Hanifia, 100 km al sur de la ciudad de Orán. Desde antes de la independencia del país en 1962, la empresa no exportaba un bloque de ónix como el que encargaron los compradores barceloneses: tres metros de largo por 1,70 m de alto y 1,20 m de grosor, tallado expresamente en la montaña. El bloque viajó al puerto de Orán, acto seguido a Marsella y finalmente a Barcelona.
El escuadrado previo se realizó en un taller de Sant Andreu de la Barca, los acabados de las lastras en el taller de Granollers. El marmolista Jordi Marqués se mostró convencido de que las lastras de ónix utilizadas en 1929 por Mies van der Rohe procedían de la misma cantera argelina.
La reconstrucción dio pie a la creación en Barcelona de la Fundación Mies van der Rohe, quien otorga cada dos años el concurrido premio internacional de arquitectura del mismo nombre, concedido por un jurado de especialistas de todo el mundo.
El pabellón reconstruido es de visita pública. Se pueden acariciar con los dedos las vetas petrificadas del mármol de ónix, en unas dimensiones excepcionales que viran de tonalidad con el cambio de luz natural de cada día, como fecundadas por la determinación y el sudor que costó encontrarlas, trasladarlas e instalarlas.
Los numerosos visitantes del CaixaForum tampoco no se fijan mucho en el nombre de la calle donde se halla el centro cultural, la Avenida Francesc Ferrer i Guàrdia. El mismo Ayuntamiento que reconstruyó el Pabellón Mies van der Rohe quiso rehabilitar la memoria de Ferrer i Guàrdia, fundador de la escuela racionalista fusilado en 1909 en el castillo de Montjuïc, acusado de instigar los disturbios de la Semana Trágica.
El monumento a Ferrer a Guàrdia se inauguró en 1990, aunque medio retirado en la montaña de Montjuïc y no en alguna plaza de la ciudad, debido a las reticencias de los bien pensantes frente a los libre pensadores. Hasta 2010 no restituyeron su nombre en el nomenclátor de la ciudad, concretamente en la antigua Avenida del Marqués de Comillas.

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