3 sept. 2012

Shylock ha acabado cobrando la libra de carne

El oficio de prestamista de dinero ha controlado a lo largo de la historia el movimiento económico en beneficio particular, a fuerza de actuar con rapacidad, falta de escrúpulos e inclinación al fraude. La codicia ha sido la referencia de este oficio, sin vacilar ante el uso amoral de sus mecanismos, el engaño y la corrupción. La ética del negocio del crédito, su parte de responsabilidad social, se ha solido evaporar al mismo ritmo que multiplicaba los beneficios. "¿Qué es el atraco a un banco comparado con la creación de un banco?", exclamaba Bertolt Brecht en La ópera de tres peniques, tal como Pietros Markaris reproduce en el incipit de su última novela Con el agua al cuello. El único trabajo de los propietarios del capital
siempre ha sido hacer correr el dinero a comisión. Eso se ha convertido hoy en un conglomerado descomunal, una madeja infinita, una hidra global de mil cabezas, que ha cavado el abismo entre la economía real y la financiera. Precisamente por su papel social neurálgico y su peligrosa proximidad con la usura, el negocio del crédito se ha visto especialmente regulado en época contemporánea por el poder público, a través de las normativas de los bancos centrales de cada país.
La regulación ha fallado estrepitosamente, y no de forma inocente o accidental. La usura de los mercados financieros se ha desatado como ha querido, sin preocuparse en absoluto de las consecuencias generales. No digo que los endeudados no hayamos tenido nuestra parte de responsabilidad, dentro del clima general que nos empujaba a sucumbir al canto de sirenas de los prestamistas. En El mercader de Venecia el único culpable no es Shylock. William Shakespeare nos hace ver que cada uno de los protagonistas enfrentados, ya sea acreedor o deudor, tiene motivos legítimos para reclamar y alimentar el rencor. La razón no es nunca simple, oscila entre muchas capas de matices. Pero el volumen de responsabilidad y de consecuencias no es comparable y, finalmente, gracias a una argucia legal Shylock no llega a cobrar la libra de carne humana que reclamaba tan odiosamente en la obra de Shakespeare. En la realidad actual, en cambio, se la ha cobrado con creces, con intereses.

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