5 abr. 2014

La poderosa capacidad de tracción y atracción de un halo

El perfume guarda una poderosa capacidad de evocación, el don de decir algo, sugerir una emoción sin expresar más que un halo. La etimología de la palabra lo revela: per fumum, mediante el humo. En el mundo de hoy el perfume ha sabido jugar una de las mejores cartas: el precio elevadísimo de una minúscula cantidad de producto tenido por capaz de operar grandes efectos. El usuario está convencido de que aquella fragancia hace aumentar la percepción de su atractivo y probablemente sea cierto, en la medida que los demás también lo creen. La segunda carta maestra del perfume es la abstracción, la incapacidad de
traducir de forma concreta su efecto. La única concesión son los nombres, en una escalada que ha conducido hasta a marcas como Opium, Egoïste, Cocaine, Clandestine o denominaciones de la clase de Moment Supreme (Patou 1925), My Sin (Mi pecado, Lanvin 1925), Bésame (Myrurgia 1925) o Tendres Nuits (Lancôme 1935), por citar tan solo algunos ejemplos históricos de la frondosa panoplia.
La mitología del perfume ha atraído la aproximación cultural. Sin salir del ámbito catalán, Alexandre Cirici escribió un sustancioso artículo en Serra d'Or con el título "L'art del perfum", Joan Perucho tejió filigranas en su "Discurso de los perfumes eróticos" (en el libro Discurso de Aquitania) y el ensayista Sebastià Serrano dedicó páginas brillantes al "espacio de los olores" en el libro Signes, llengua i cultura
A veces percibo un perfume por la calle y juego a adivinar la marca y la mujer que me recuerda. Detrás del atractivo de aquella fragancia se oculta la idea de placer de cada época, de cada persona, aunque no sea obligatorio que los mitos del perfume se desboquen hasta el hechizo. Mal utilizado provoca bascas, mientras que algunas fragancias naturales se han convertido hoy en el más raro refinamiento.
No todos los efluvios del cuerpo deben ser considerados molestos ni verse enmascarados con aromas sintéticos. Siempre que pienso en perfumes recuerdo la conocida frase de una anhelante carta de Napoleón a Josefina desde el campo de batalla: "Llego dentro de tres días. Sobre todo, no te laves".

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