27 may. 2014

No me acostumbro a la presencia creciente de la Sagrada Familia

Nací y crecí a la sombra de la Sagrada Familia. Era la plaza a la que iba a jugar de chiquillo y a patinar en la pista de cemento. Nunca me fijé en el templo. Si en algún momento lo hice, me pareció una mole incomprensible, capaz de despertar medio miedo con su presencia espectral. Ahora es más voluminosa aun. Registra un incremento constante de las legiones de turistas visitantes y de ingresos por este concepto (entrada a 19,30 € por persona y 23,80 € si se quiere
subir a las torres). Constituye el monumento más visitado.
El año olímpico de 1992 ya contaba 600.000 entradas, pero al parecer la visita del Papa en noviembre de 2010 y su proyección televisiva mundial dispararon el fenómeno. Los promotores del recalentado barroquismo post-gaudiniano calculan que con el actual ritmo de ingresos acabarán las obras entre el año 2026 y el 2028.
Cuando vuelvo a verla, muy de vez en cuando, me provoca aquel mismo desasosiego, el medio miedo de mi niñez. No me he acostumbrado.

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