15 oct. 2014

En Holanda las “causas naturales” tienen poco crédito

Pienso en Holanda cada vez que se produce por “causas naturales” una catástrofe en algún lugar del mundo, con un balance de vidas perdidas que se multiplica con facilidad en los países menos desarrollados. Las causas tal vez sean naturales, los efectos no. El nombre oficial de Holanda es Koninkrijk der Nederlanden, Reino de los Países Bajos, porque la mayor parte del territorio se encuentra bajo el nivel del mar. Además, engloba la desembocadura del río más caudaloso de Europa, el Rin. Tras siglos de lucha, los holandeses cierran hoy el paso a mareas oceánicas con la misma espontaneidad aparente con que engullen los típicos arenques en los puestos callejeros, de pie y sin perder el paso. Poner puertas al mar no era tarea
fácil, ni antiguamente ni hoy. Otros países europeos lo siguen intentando con plena ineficacia, por ejemplo en la ciudad de Venecia.
Mientras la vecina y casi siamesa Bélgica arrastra la sensación de ser un accidente de la historia, Holanda mantiene una idea de autoseguridad ganada a pulso. Unos tienen la impresión de que les han modelado, otros de que se han modelado. Entre ambos pequeños territorios limítrofes no son comparables ni siquiera los cielos de indecisa luz, que aquí reverbera con un sentimiento más claro sobre infinitas láminas de agua.
La tierra ganada a la invasión del río o del mar debía ser drenada, secada. Los característicos molinos de viento se multiplicaron con esta función de bombeo, más que de regadío como en otras regiones meridionales. Del regadío aquí se encarga el cielo, casi en régimen automático. 
A cada demostración de la bestialidad de la naturaleza, los holandeses han respondido con un nuevo escalón del ingenio artificial. La última gran catástrofe holandesa, las inundaciones de la noche del 31 de enero al 1 de febrero de 1953, provocaron en pocas horas 1.800 muertos. También provocaron la el gigantesco Plan Delta, un do de pecho de la ingeniería civil con kilométricos diques de nueva generación. 
La siguiente amenaza de inundaciones del mismo calibre, a finales de enero de 1995, dio pie al fenómeno controlado e incruento de evacuación de 250.000 holandeses. Los diques resistieron, la temida inundación no se produjo. Los 250.000 evacuados regresaron al cabo de unas horas a sus domicilios con el mismo orden como habían marchado. 
Aquel Shakespeare que la vecina y casi siamesa Bélgica necesitaría para describir la grandeza del vacío y el alma beata, en Holanda podría narrar la potestad humana de llenar el vacío, de crear la tierra y secar el mar. ¿De dónde diablos puede haber salido la visión de una Holanda plácida, natural y bucólica, cuando en realidad es una fragorosa obra de ingeniería? Incluso los tulipanes, los quesos y las vacas son aquí un cruce de laboratorio, tecnología pura, artificialidad trabajada a partir de las condiciones originarias, a fin de que las catástrofes por “causas naturales” no sean una fatalidad sin alternativa.

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