23 ene. 2015

Argentina: te amo mucho, pero aflojá un poquito

El aparente suicidio del fiscal argentino que al día siguiente debía informar al Parlamento sobre sus indagaciones a propósito del grado de implicación del gobierno en el encubrimiento de los autores del atentado terrorista que costó 85 muertos el año 1994 en la entidad judía AMIA de Buenos Aires ha disparado de nuevo las frecuentes alarmas sobre la seguridad jurídica que ofrecen las instituciones democráticas argentinas. Las alarmas pueden ser justificadísimas, pero no son inocentes. Se inscriben en la lucha de los últimos años (de los últimos siglos) entre las poderosas fuerzas oligárquicas y las que no se someten del todo a ellas,
como es el caso del gobierno peronista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. También se inscriben en la lucha secular entre los funcionarios razonablemente honrados y los corruptos de todos los niveles, entre quienes los más altamente situados ejercen una influencia exponencial.
Los antiguos colonizadores hispánicos no solemos ser vistos en Argentina como afectuosos dispensadores de opiniones, menos aun de consejos sobre calidad democrática. No obsta para que algunos descendientes muy indirectos de aquellos colonizadores podamos haber establecido lazos afectuosos con aquel país, al mismo tiempo que nos rebelamos contra la corrupción que pretende arroparse con la bandera en el nuestro o en cualquier otro. Yo amo a Argentina, un sentimiento contrario a la indiferencia. 
Las últimas décadas, en dictadura militar oprobiosa o en democracia parlamentaria, no le han ahorrado todo tipo de seísmos, de los que ha salido como ha podido y con los mecanismos institucionales puestos a prueba. Los últimos años del presidente Néstor Kirchner y acto seguido de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se han caracterizado por una ardua, lenta y combatida puesta al día de la política peronista. 
Nadie ha sabido nunca en qué consiste el peronismo, excepto en un aspecto: desagrada mucho a la oligarquía. Incluso esta única pauta tiene excepciones, como el mandato del presidente peronista Carlos Menem, héroe de las privatizaciones y el relativismo moral. Los numerosos seguidores de la variante actual, la “generación K” de los kirchneristas, todavía cantan en fechas señaladas el “Perón, Perón, qué grande sos”, pero han defendido un modelo propio. 
Este modelo se ha visto atacado encarnizadamente por toda clase de poderes fácticos (el diario Clarín es el de mayor difusión en castellano del mundo), desde fuera de su campo ideológico y también desde dentro por las disensiones internas o los intereses particulares. El kirchnerismo gobierna contra viento y marea desde 2003 y hoy se halla a las puertas de elecciones presidenciales en octubre próximo, con nuevos candidatos todavía en pugna por la nominación. 
El sospechoso suicidio del fiscal Alberto Nisman acaba de poner la guinda a la década kirchnerista y de acentuar la perentoria necesidad de saneamiento democrático de las instituciones públicas y las mentalidades ciudadanas, empezando por aquellas situadas en posición de dar amplio ejemplo público. La democracia y el Estado de derecho, igual que el peronismo, han conocido infinitas versiones y perversiones, pero aun significan algo. Es difícil que un Estado no tenga cloacas, por lo tanto debe procurar tenerlas lo más limpias y controladas posible.

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