5 ene. 2015

El lujo delirante de Versalles acabó en la guillotina

La sacralización embobada del lujo delirante del antiguo palacio real de Versalles, símbolo de los excesos de la monarquía, fue obra de la propia Revolución de 1789. En junio de 1794 un acuerdo de la Convención revolicionaria declaraba Versalles palacio nacional y estipulaba que sería mantenido y conservado por el erario público. El mismo año se abrió entre sus paredes un Museo de la Escuela Francesa, un Museo de Historia Natural y otras dependencias similares, desalojadas a continuación por Napoleón apara volverlas a habilitar como su residencia particular. Las obras de rehabilitación serían continuadas por Luis XVIII, y aun no han concluido, eternas como un pozo sin
fondo. El presidente socialista François Mitterrand (recién elegido un año antes, con cuatro ministros comunistas en su gobierno) quiso convocar precisamente en el palacio de Versalles en 1982, con una pompa orgullosa o quizás nostálgica del pasado, la cumbre del entonces G-7 (los siete países más industrializados del mundo). El recurso al fasto de Versalles ha sido permanente e intercambiable entre los gobiernos de los sucesivos regímenes.
La megalomanía versallesca ha quedado como consubstancial al delirio de poder, hasta hoy, en todo el mundo. Pocos meses atrás el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha estrenado en las afueras de Ankara un palacio de la presidencia mayor que Versalles, Buckingham Palace y el Kremlin, tres invertir un presupuesto de construcción de 346,5 millones de euros y otro de mantenimiento de 108 millones anuales. 
Luis XVI, el Rey Sol empachado de gloria, decidió construir en Versalles un palacio nunca visto, una mise en scène megalómana de la majestad del monarca, presentado como superhombre digno de ejercer el poder absoluto en un fabuloso castillo ajardinado de 700 estancias y 13.000 m2 bajo techo. El espectáculo del fastuoso papel personal del soberano, con rituales dignos de Bizancio, era su forma de gobernar, tener controlada a la corte y entretenido al pueblo a distancia, de simbolizar el Estado más poderoso, estructurado y burocratizado del mundo occidental. Longevo, reinó de 1661 hasta su muerte en 1715. 
Tenía que ser el palacio más suntuoso del mundo. Luis XIV lo ocupó en 1677 y trasladó el gobierno en 1682, en un delirio de lujo y refinamiento, aunque no por ello de confort. La mayoría de los cortesanos se alojaban en dependencias muy limitadas, si no tenían el dinero y la autorización para construirse una residencia propia alrededor de Versalles. Las necesidades de alojamiento, comida, agua, leña, cera y personal de limpieza eran astronómicas. En su libro ya clàsico Louis XIV et vingt millions de Français, el historiador Pierre Goubert apunta: “Nueve sujetos del rey Luis trabajaban con sus manos de manera ruda y oscura para permitir al décimo librarse a las actividades burguesas o simplemente a la pereza”. 
El versallesco reinado de Luis XIV se caracterizó por la miseria acentuada en todo el país. El hambre, la peste y las guerras diezmaron a dos de los veinte millones de franceses. El obispo jesuita y escritor Jacques-Bénigne Bossuet clamaba en 1661 desde el púlpito a los poderosos: “¡Mueren de hambre! ¡Sí, señores, mueren de hambre en vuestras tierras, en vuestros castillos”. 
El otro célebre obispo y escritor del momento, François Fenelon, escribió en 1694 en los mismos términos su conocida Carta al rey: “Desde hace cerca de treinta años vuestros principales ministros han alterado e invertido todas las antiguas consignas de Estado para hacer aumentar al máximo vuestra autoridad. Se ha dejado de hablar de Estado y de reglas para hablar tan solo del rey y su buen placer. Se han llevado al infinito vuestras rentas y gastos. Os han elevado hasta el cielo por haber borrado, dicen, la grandeza de todos vuestros predecesores juntos, es decir por haber empobrecido a Francia con el objetivo de introducir en la corte un lujo monstruoso e incurable [...] Francia ya no es más que un gran hospital desolado y sin provisión [...] El pueblo que os ha amado tanto, que ha tenido tanta confianza en vos, comienza a perder la amistad, la confianza e incluso el respeto [...] Todos lo ven y nadie se atreve a haceroslo ver. Quizás lo veréis demasiado tarde”. 
Luis XIV traspasó el problema a su bisnieto de cinco años, Luis XV, tras colocar a otro nieto como primer borbón de España, Felipe V, al precio de la terrible Guerra de Sucesión. El bisnieto Luis XV también fue un rey longevo, sin resolver ninguno de los desequilibrios flagrantes de su país. Lo traspasó al nieto siguiente, Luis XVI, que lo pagó en la guillotina. El rey, la nobleza, los clanes poder no sintieron cómo giraba el viento.

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