9 feb. 2015

Al mamut del parque le ha surgido competencia inesperada

Cuando de niño mis padres querían dar un paseo dominical me llevaban al parque, que era como designaban al recinto de la Ciutadella, convertido a mis ojos en el jardín de las maravillas por la ilusión de salir con ellos y la variedad de rincones exóticos que ofrecía el recinto. Se obstinaban en mostrarme la estatua del Desconsol, de Josep Llimona, ante la que quedaban extasiados como si se tratase de la encarnación de la belleza. A mi me parecía aburridísima, igual que el lago tan lánguido y la cascada wagneriana que inspiraba medio miedo. Mi destino predilecto, a la carrera, era el mamut, sobre todo porque podía tocarlo y trepar sin peligro de que el temible gigante se revolviese. Era un mamut a ras de suelo, bonachón, palpable,
cercano. Fue instalado el 1907 e imagino que ya había formado parte de la infancia de mis padres.
La bestia antediluviana de tamaño natural (3,5 m de alto por 5,5 m de largo) fue construida mediante la técnica pionera del hormigón, que ha demostrado con el paso de los años una resistencia ejemplar y una prestancia inatacable, pese a la cantidad de niños de generaciones sucesivas que hemos trepado a su trompa estriada. En circunstancias normales un animal de esas características resultaría aterrador, en cambio el mamut de la Ciutadella siempre ha sido un amigo amable. 
Hace poco leí en el diario con sorpresa que en la calle barcelonesa de Montcada nro. 1, en una mansión del siglo XIII, han abierto un Museo del Mamut, dirigido per la joven georgiana Iúlia Sléssavera, hija del fundador del Museo del Mamut de Moscú, los dos únicos en el mundo dedicados a este animal. Exhibe, entre otras piezas, una reproducción exacta de un mamut lanudo de 230.000 años atrás, con unos colmillos de cuatro metros que usaba apara escarbar la tierra y obtener los 200 hilos de hierba que comía por día.
“¡Le debemos tanto al mamut!, exclama la directora Su carne nos alimentó, su grasa nos iluminó, con su sangre pintábamos, con su piel nos calzábamos, con su pelo nos abrigábamos y hacíamos pinceles, con sus huesos hacíamos agujas, puntas de flecha y lanza, flautas, cabañas, calendarios...”. 
Es exactamente lo que intuíamos los niños cuando trepábamos al mamut del parque, tan a ras de suelo, tan amistoso, tan poco de museo y a la vez tan pieza única.

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