9 mar. 2015

En los grandes discursos de la historia falta uno, del presidente Azaña

La historiadora Nathalie Renault-Rodet acaba de publicar en la editorial francesa Eyrolles una nueva recopilación de 80 grandes discursos que han pasado a la historia, centrados esta vez en el siglo XX. Falta uno de forma clamorosa, el pronunciado por el presidente de la II República española Manuel Azaña el 18 de julio de 1938 en el Ayuntamiento de Barcelona (donde residía entonces el gobierno del Estado) para exponer en plena Guerra Civil su propuesta de “Paz, piedad, perdón” a los dos bandos enfrentados. El planteamiento del presidente Azaña resbaló completamente sobre la piel del general Franco y lo siguió haciendo durante los 37 años siguiente de su régimen, hasta morir de viejo en la cama. La autora del libro prefiere incorporar el de Dolores Ibárruri, Pasionaria, pronunciado en el balcón del ministerio del Interior en Madrid el 19 de julio de 1936 y conocido por la consigna del “¡No pasarán!”. También es cierto que la conducta del presidente Azaña durante los meses posteriores a su discurso resultó controvertida, por la decisión de abandonar el país –y la partida-- el 5 de febrero de 1939 por los
caminos de montaña de La Vajol (Alto Ampurdán), cuando el gobierno republicano aun controlaba el 30% del territorio: la capital madrileña y la costa mediterránea entre Almería y Valencia.
Las tropas republicanas del Grupo de Ejércitos de la Región Centro (GERC) permanecían intactas, entre 400.000 y 600.000 hombres según las distintas estimaciones, del mismo modo que la flota anclada en la base naval de Cartagena, al margen del desfalleciente nivel de armamento y moral. En aquellas dos fuerzas se basaba la política de resistencia del jefe del gobierno, Juan Negrín. 
El presidente Azaña se desentendió de la política de resistir de Negrín. Se instaló en la embajada de París, sin dimitir todavía. La condición extraterritorial de la legación diplomática permitía, en alguna débil medida, mantener la idea de que permanecía en territorio español. Una parte del personal de la embajada se negó a servirle, aduciendo que se estaba combatiendo en la zona Centro-Sur y que su obligación estaba allí. 
El 27 de febrero de 1939 Azaña abandonó la embajada, cuyos locales fueron remitidos por las autoridades francesas aquel mismo día a los representantes del gobierno de Burgos. El presidente trasladó el domicilio a una finca de la pequeña localidad francesa de Collonges-sous-Salève (Alta Savoya), fronteriza con Suiza y muy cercana a Ginebra. Con solo llegar expidió la dimisión irrevocable al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, quien se hallaba refugiado en París y asumió el cargo en funciones. 
Al cabo de unos meses Azaña huyó de Collonges-sous-Salève al ser ocupada la zona por los alemanes. Se instaló finalmente en Montauban, cerca de Toulouse, donde murió el 3 de noviembre de 1940 sin paz, piedad ni perdón.

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