1 abr. 2015

Coral quebrado y coral furtivo, ayer en Begur

Ayer me encontraba en Begur, pueblo de larga historia coralera, y mientras tomaba el café ritual en el bar del Farolillo leí en el diario que la policía de fronteras acababa de detener en La Junquera a un italiano que transportaba ilegalmente 92 kg de coral en el maletero del coche, el mayor decomiso efectuado hasta ahora en Cataluña de este oro rojo que se extingue por culpa del saqueo de los pecadores furtivos y el tráfico fraudulento destinado a la joyería. Se trata del decomiso más importante de un sola vez, sin embargo los agentes del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas (GEAS) de la Guardia Civil, con base en L’Estartit, han decomisado desde 1998 un total de 181 kg de coral extraído ilegalmente alrededor de Begur y las islas Medes, donde las licencias son muy restrictivas. El coral se pescó durante siglos en esta comarca a lo largo de paredes y profundidades submarinas a través del
burdo sistema de arrastre de aperos desde la embarcación, que destruía más de lo que pescaba, aunque la abundancia y la presión del mercado lo hiciesen rentable. Representó durante mucho tiempo una de las principales industrias especializadas de los pescadores, de Tossa de Mar hasta Cadaqués, en especial alrededor de las islas Formigues, las Medes y el cabo de Creus.
Cuando empezó a escasear en los fondos marinos ampurdaneses, los coraleros locales emprendieron a finales del siglo XVIII “la aventura de África”. Embarcaban sus rudimentarios botes a bordo de las goletas de transporte a vela para ir a coralar en largas expediciones al sur de Andalucía y las costas atlánticas norteafricanas de Mauritania y Cabo Verde. 
Después de los buzos de pecho, cuya inmersión a pulmón libre duraba un par de minutos, hacia 1870 aparecieron aquí los buzos de máquina o escafandra, con aire inyectado por un largo tubo desde la embarcación, gracias a una bomba accionada manualmente con manubrio. Su capacidad de inmersión revolucionó la pesca tradicional del coral. 
Todavía la revolucionó más a partir de 1945 la escafandra autónoma de aire embotellado, experimentada por el comandante Jacques-Yves Cousteau e introducida a partir de 1952 por el pionero Robert Díaz. Las nuevas escafandras autónomas permitían maniobrar de forma ágil hasta más de cien metros de profundidad. 
La aparición de los buzos de escafandra multiplicó el ritmo de pesca del escaso coral subsistente y la amenaza de extinción empezó a ser un hecho palpable. La tradición y la riqueza de los fondos ampurdaneses propiciaron la llegada de buzos griegos, expertos en pesca de esponjas y obras de construcción portuaria. Algunos arraigaron en estas localidades, reconvertidos en coraleros, como Kostas o Constantí Contos en Cadaqués a partir de 1911 (hijo de Georges Kontos, llegado años antes a Barcelona para trabajar de buzo en el puerto) o Epaminondas Katula a partir de 1906 en Palamós, con familias que se han prolongado hasta hoy. 
Cuando el periodista Ferran Agulló propuso, a través de un articulo en el diario La Veu de Catalunya, el nombre de Costa Brava para el litoral gerundense, el joven Josep Pla tuvo una reacción de celos ante la idea del colega barcelonés y opinó que sería más adecuado y evocador llamarla Costa del Coral, por la larga tradición de esta pesca en la demarcación. Acto seguido dedicó en el volumen Agua de mar un detallado capítulo literario e histórico a “El coral y los coraleros”. 
De la antigua condición de primera potencia exportadora y centro de los mejores coraleros del Mediterráneo, Catalunya ha conservado la práctica. Es el país que la ha mantenido más siglos sin interrupción. El saqueo de los fondos marinos provoca que tan solo existan actualmente muy pocas licencias de pesca legal de coral, dentro de una normativa infringida por los furtivos reincidentes, a menudo conocidos y escasamente castigados. 
El coral rojo (Corallium rubrum), también llamado oro rojo y sangre de buey, es un material precioso utilizado en decoraciones suntuarias desde la antigüedad. Se ha encontrado en el interior de sepulturas neolíticas de 3.000 años antes de nuestra era, en joyas sumerias y faraónicas o incrustado en decoraciones murales de la época minoica y micénica. 
No se trata de un mineral, aunque pudiese parecerlo, sino de un organismo animal vivo, una forma arborescente modelada por colonias de pequeños invertebrados con aspecto de flor, llamados pólipos, en simbiosis con algas microscópicas. Las paredes de estas colonias segregan una lentísima calcificación, un colorido bosque animal cada vez más raro, depredado, roto.

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