23 nov. 2015

Ayer el Canigó apareció nevado: bienvenida al invierno

Ayer sopló tramontana rutilante y el Canigó compareció nevado por primera vez. Si el país y los diarios estuviesen bien hechos darían la noticia, como hace cada año The Times cuando se oye allí el canto del ruiseñor por primera vez a la llegada de la primavera. Ayer el Canigó enjalbegado se  veía majestuosamente alzado entre las dos llanuras del Empordá y el Rosellón, a proximidad del Mediterráneo y de las rutas de comunicación que lo flanquean desde la época de la Vía Heraclea de los iberos y la Vía Augusta de los romanos. Uno de los principales observatorios de su atracción es hoy la autopista que sigue el mismo trazado. La comparecencia del macizo alegra la visión del paisaje desde la altura de Maçanet de la Selva, al azar de
las inflexiones de la ruta, la meteorología del día y el tedio de la conducción al volante.
En verano lo colores grisáceos, azulados o morados de la mole montañosa, apenas nimbada por un velo de calima, son de una elegancia suntuosa. En invierno el destello de la nieve excitada por el sol da al macizo un fulgor diamantino, una vitalidad anímica. La aparición del Canigó magnifica el telón de fondo del horizonte, lo incentiva, lo aproxima, lo evidencia. Actúa como un reactivo contra los días espesos, contra los sentimientos nebulosos y los cielos cortos.
La aparición del Canigó en el escenario depende de la tramontana, es la luz jubilar de tramontana quien lo hace comparecer en el horizonte. Suelen ser días agradecidos por su dibujo del color de las cosas, unos colores secos, tónicos y lustrosos, cuando la claridad excitada del aire invita a palpar la turgencia de las formas de la vida, por lo menos entre quienes tenemos propensión a mirar el mundo con el temblor inocente de la ternura. 
Esos días de luz excepcional como el de ayer hacen manar de nuevo las fuentes del deseo y lo desentumecen. No generan per sí solos el sentimiento de felicidad, aunque de alguna forma lo intuyen, lo huelen. Son días en que el paisaje tiene la desenvoltura de dejarse mirar como el pequeño parnaso posible, como un cuadro de Tiepolo. Fomenta de golpe la salivación pavloviana de poseer las cosas, la ilusión de mirar el cielo limpio, encandilarse con el vuelo elegíaco de los vencejos y creer hallar en sus aleteos un pequeño tesoro contra el telón de fondo del Canigó. 
La visión del macizo nevado anuncia que las chimeneas ya crepitan, que bajarán de precio las alcachofas (las mejores flores del invierno), comenzará la cosecha de los olivos, comparecerán los tordos (“Nieve en el Canigó, tordos en Lledó”), podarán las viñas, florecerán las mimosas y los almendros. El invierno no es un frío moral ni representa ninguna desgracia. 
Es la estación del sol más suave y las lunas más claras, la que se acurruca para alimentar un nuevo florecimiento más adelante, con el invisible tic-tac interno de las ganas de rebrotar y mostrar la vena combativa del estado vegetativo. Es el momento en que algunos cantamos los versos de Miguel Hernández:

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada esquina.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

El paisaje siempre ha necesitado la mirada de la cultura para ser descifrado, un poco de poesía deliberada para valorarlo y hacer que llegue a resucitar como Lázaro.

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