29 ago. 2016

Ni tren del oro nazi ni tesoro de los republicanos españoles en Argelés

La leyenda del fabuloso tesoro escondido a la espera de un descubridor privilegiado es una constante de la mitología humana y ha conocido numerosas traducciones, en la literatura y la realidad, como la última expedición este mes de agosto de un equipo de 70 personas que han abierto infructuosamente tres agujeros de seis metros de profundidad a lo largo del kilómetro 65 de la línea ferroviaria polaca entre Wabrzych y Breslavia en busca del “tren de oro”, un convoy supuestamente cargado de oro y joyas desaparecido en 1945 durante la retirada del ejército alemán. La leyenda muy similar del “tesoro de los españoles”, enterrado en la playa rosellonesa de Argelés y en los caminos fronterizos de la retirada republicana de 1939, también ha dado pie durante las últimas décadas búsquedas insistentes y a algún libro que no ha podido aclarar nada. La parte de verdad
documentada testifica que los bombardeos franquistas sobre el Museo del Prado aconsejaron al gobierno republicano trasladar a Valencia desde noviembre de 1936 todo su patrimonio artístico, así com el del Museo Arqueológico, El Escorial, la Academia de San Fernando, el Palacio Real y el palacio de Liria.
En una segunda etapa, a finales de 1938, el delicado cargamento fue conducido a cuatro depósitos cercanos a la frontera francesa: el castillo de San Fernando en Figueres, el castillo de Peralada, el municipio de Darnius y el sofisticado búnker subterráneo de tres plantas y cámara acorazada a la mina de talco Canta de La Vajol. Este último lugar albergó asimismo el oro en lingotes del Banco de España y el tesoro en joyas y objetos de valor acumulado como patrimonio del Estado por confiscación o por donación, después de un primer período almacenado y vigilado en las mina s de La Algameca, utilizadas a la vez como polvorín cerca del puerto de Cartagena. 
La operación de traslado fue secretamente conducida y custodiada en todo momento por el cuerpo de carabineros, convertido en guàrdia pretoriana del jefe del gobierno. Eran llamados los Cien Mil Hijos de Negrín, por analogía histórica con los Cien Mil Hijos de San Luis y con mucha exageración numérica. La apresurada evacuación hacia Francia del tesoro artístico se llevó a cabo en cinco días, del 4 al 9 de febrero de 1939, a bordo de 71 camiones, conducidos por soldados españoles. 
El 4 de febrero los siete primeros, procedentes del Castillo de Figueres y de La Vajol, cruzaron por El Pertús. Al día siguiente franquearon la frontera 22 camiones más, procedentes de los depósitos de Peralada y La Vajol. Los días 6 y 7 de febrero la operación tuvo que ser suspendida por los bombardeos franquistas. 
El 8 de febrero pasaron nuevamente 26 camiones de la expedición del tesoro artístico por El Pertús y al día siguiente 8 más. El día 9, los 7 restantes cruzaron por Cerbère. El último vehículo, rezagado tres partir de Peralada, ya encontró la ruta del Pertús colapsada por la aglomeración de fugitivos en retirada. Lo intentó por el vecino Coll de Lli, de La Vajol, y tuvo que transportar el cargamento a lomo de mulas en el tramo impracticable para el trafico rodado. 
No se perdió ni dañó de consideración ningún cuadro ni obra de arte de la expedición, rigurosamente controlada por observadores internacionales. Por el contrario, el recibimiento de las personas que cruzaron la frontera por aquellos mismos puntos y en aquellos mismos días fue mucho menos cuidadoso, sin observadores internacionales que velasen por el trato dispensado. 
Otros cargamentos simultáneos de cajas con lingotes, oro en monedas, plata en barras y joyas de la hacienda republicana –objetos de unas dimensiones más faciles de distraer-- corrieron una suerte distinta. La leyenda sobre el tesoro escondido por los republicanos en las cercanías de los pasos fronterizos o incluso bajo la arena la playa de Argelés tuvo aquellos días una base fehaciente, aunque deformada a continuación por las versiones más fantasiosas. 
La prensa francesa de derechas se abalanzó con truculencia sobre el tema desde el primer instante, como prueba de la condición de bandoleros atribuida a los refugiados y en particular a las brigadas de Líster que aseguraban las últimas operaciones de retirada. En cambio a la también legendaria Columna Durruti de los anarquistas no le pudieron encontrar implicaciones de este tipo tras su paso por la frontera de la Cerdaña. 
La cantidad de objetos de valor acumulados junto al tesoro artístico en los últimos almacenes situados al pie de la frontera y la confusión de los días de la retirada republicana dieron lugar sin duda a episodios de apropiación, aunque quedó por demostrar si los detenidos en Francia acusados de ocultar aquellos cargamentos los transportaban para entregarlos a las autoridades españolas en el exilio o bien con otras finalidades particulares. 
En paralelo, un cierto número de refugiados encerrados en los campos de concentración de las playas rosellonesas habían emprendido la huida con pequeños objetos de valor para utilizarlos como moneda de cambio durante la supervivencia en el destierro, intentando escamotearlos a la requisa de la gendarmería francesa. Es posible que en algunas ocasiones los enterrasen poco antes de cruzar la frontera en escondrijos a los que esperaban regresar. Tal vez también enterraron algunos en la arena de las playas donde se vieron confinados. Durante las décadas posteriores y hasta hace muy pocos años se convirtió en usual la presencia de buscadores con detectores de metales, así como las obras de perforación a la arena de estas playas por parte de empresas privadas en busca del "tesoro de los españoles". 
Entre los episodios documentados, el 6 de febrero de 1939 llegó al puesto del Pertús un camión con seis carabineros españoles que despertó las sospechas de los aduaneros. Al inspeccionarlo comprobaron que el suelo del vehículo se encontraba cubierto de lingotes esparcidos de oro y plata. No fue el único vehículo interceptado con cargamentos parecidos sin declarar. 
El 10 de febrero fueron detenidos en las calles de Argelés un teniente coronel republicano procedente del castillo de San Fernando de Figueres, de donde había partido en automóvil para cruzar la frontera con una muchacha de 17 años y el chofer, precediendo y custodiando un camión cargado de armas y joyas. En el puesto de Cerbère entregó las armas a los agentes franceses, pero ocultó el resto del cargamento. Una vez detenido, declaró a los gendarmes que obedecía ordenes y que los dos sacos con objetos de valor pertenecían al gobierno español. 
El 13 de febrero el diario perpiñanés L'Indépendant informó que la gendarmería de Banyuls había detenido el día anterior a un grupo de oficiales "de la famosa brigada Líster, de la que tanto se ha hablado". Les confiscaron "una auténtica fortuna estimada en más de un o dos millones. Los oficiales llevaban 125 kg de joyas en oro y piedras preciosas y 150 kg de lingotes de oro y plata disimulados en dobles fondos y rincones más ocultos de su vestimenta, incluso en el cabello". El periódico añadió que los últimos días habían sido detenidos 75 extranjeros, "la mayoría pertenecientes a medios oficiales españoles", con 200 kg de lingotes y 300 kg de joyas. 
El 16 de febrero comparecieron ante el tribunal de Ceret 76 oficiales republicanos acusados de contrabando de 48,3 kg de joyas y metales preciosos. El abogado defensor, León Gregory, arguyó que los encausados, miembros de la 44 y 45 divisiones comandadas por Enrique Líster, recibieron la orden de llevar aquel cargamento a Francia para entregarlo al consulado español de Perpiñán. 
A partir de los escasos hechos probados, se disparó la leyenda del “tesoro de los españoles”.

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