7 nov. 2016

Primera nieve del Canigó, ayer domingo, camino del Coll de Banyuls

Me gusta ir con amigos al Coll de Banyuls para compartir la belleza disponible, respirar el mejor oxígeno que se fabrica, pasar las rutinas por el túnel de lavado y llenarnos los ojos de horizontes afortunados. Ayer domingo fuimos de nuevo. Por el camino se produjo un magnífico imprevisto. El Canigó apareció cubierto de nieve por primera vez este otoño, majestuosamente alzado. Detuvimos el coche y sacamos la foto. La aparición del Canigó en el horizonte depende de la tramontana, que barre las nubes y otorga a las cosas un color abrillantado. Entonces el aire de tramontana invita a palpar la turgencia de las formas de la vida, al menos entre aquellas personas que tenemos propensión a mirar el mundo con el temblor de la ternura. La
refulgencia de la tramontana reviste al Canigó de un fulgor, una vitalidad que actúa de reactivo contra los días espesos, los sentimientos nebulosos y los cielos cortos.
La primera aparición del Canigó nevado realimenta las fuentes del deseo y lo desentumece. No genera por sí solo la sensación de felicidad, pero de algún modo la intuye. Fomenta la ilusión de mirar el cielo limpio y poseerlo. Anuncia que pronto bajará el precio de las alcachofas (la mejor flor del invierno), comenzará la cosecha de aceitunas, comparecerán los tordos (“Neu al Canigó, tords a Lledó”), los viticultores podarán los sarmientos tocados por un rojo heráldico, florecerán lea mimosas y llegará el invierno. 
Tras contemplar el Canigó nevado, proseguimos camino para franquear el Pirineo más dulce y plano, cuando la cordillera se zambulle a cámara lenta en el Mediterráneo en la sierra de la Albera, la que articula los llanos cejijuntos del Empordà y el Rosellón. La Albera es la espléndida propina del Pirineo. Uno de los caminos más asentados de este Pirineo mediterráneo siempre ha sido el Coll de Banyuls, desde los iberos de la Vía Heráclea, los griegos y los romanos de Empúries y los cartagineses de Aníbal. 
La vecina carretera litoral de las curvas entre Port-Bou y Cerbère por el Coll dels Belitres solo la abrieron a partir de 1927. El otro camino histórico, el de La Junquera por el Coll del Pertús, siempre ha servido para las maniobras de masas. En cambio el paso del Coll de Banyuls lo utilizamos los amantes de los atajos supuestamente secundarios y de las viñas verdes a la orilla del mar, el cañamazo del viñedo de Banyuls con sus delicadas armonías bordadas sobre la dureza y acritud de la tierra. 
Desde ahí se otea el golfo de Roses por un lado y el mar de Banyuls por el otro, las dos vertientes del mismo Mediterráneo. El lugar es de una belleza amable y quieta. Para acariciar el prodigio no es preciso buscarle musas, bacantes, ninfas, sibilas, hadas, sirenas ni unicornios. Basta con la limpidez de la luz mediterránea bruñida por la tramontana. 
Hace tiempo que conozco el camino del Coll de Banyuls, lo describí en mi libro de 1984 El Pirineu, frontera i porta de Catalunya cuando solo era una pista de tierra en mal estado. La cómoda carretera que actualmente lleva del municipio de Espolla al Coll de Banyuls, ampliada y asfaltada entre 1999 y 2007, es una vía romana de gran belleza, cerrada durante los últimos siglos per la implantación de la frontera estatal y convertida en camino secreto de contrabandistas. Circular hoy por ella en condiciones normales permite acceder a uno de los miradores más bellos del país, de ambas vertientes del país. 
Barrunto que este paso del Coll de Banyuls debe parecer minúsculo y apartado al volumen de personas que circulan por La Junquera y El Pertús. En cambio yo lo veo como una proa exacta de mi mundo, un microcosmos que me hace violentamente feliz. Le encuentro una altitud apenas insinuada, una expresividad inteligible, un detallismo enternecedor, un juego de matices libres, una grandiosidad perfilada, una elegancia de la naturalidad, un relieve de formas claras y contentas, un salvajismo mitigado, una elocuencia desprovista de palabrería, una pequeñez terrenal suntuosa, una dulzura anhelante y a la vez extasiada, la dosis justa de poesía, una línea melódica de chacona de Bach que lleva en germen una sangre antigua, viva, lejana y honda. 
El paisaje nunca está hecho solo de materia, también del punto de vista que le pone cada uno. La vida interior de un paisaje, el genio de un lugar, son percepciones que cada cual resiente a su manera. No significa que el paisaje sea una construcción del espíritu, un idilio del pensamiento, una arquitectura mental, una valoración subjetiva de cada mirada y cada época. No, la belleza del paisaje existe por sí misma como un telón de fondo con resonancia afectiva, una paleta de colores con poética adherida, un sistema de formas trabajadas por la naturaleza y la gente de cada lugar con sensibilidad particular y pasión propia. 
El paisaje es la expresión de un modo de vida, de un orden económico y cultural dado. Es asimismo el resultado de interiorizar una visión de las cosas. El ingrediente más atractivo no es su belleza plástica, sino el significado que esa belleza adquiere para nosotros. Los valores, la mentalidad del observador modelan el paisaje, no a la inversa. Seguramente también depende de la predisposición del momento, de la térmica emocional, de la complicidad, las expectativas y de algunas certezas morales. 
Ayer el grupo de amigos nos pusimos fácilmente de acuerdo sobre la eminencia del Coll de Banyuls. Posiblemente influyeron la visión del Canigó nevado por primera vez esta temporada, las butifarras del desayuno en el bar de la cooperativa vinícola de Garriguella, el recorrido maravillado del bellísimo viñedo de Banyuls, el tributo ante la tumba de Antonio Machado en Collioure y la comida en el restaurante Maria de Mollet de Peralada, con su carro de postres de tres pisos. Aunque a mi me parece que fue sobre todo por los altos que realizamos al pie del Canigó nevado y en el Coll de Banyuls.
Hacía algo más de frío que en días anteriores, pero tuve la impresión de que el invierno no será ningún frío moral, sino la estación del sol más suave y la luna más clara, la que alimenta una nuevo florecimiento con el invisible tic-tac interno de las ganas de rebrotar y mostrar la vena combativa del estado vegetativo. Es el momento en que algunas personas recordamos aquellos versos de Miguel Hernández:

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada esquina.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

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