5 dic. 2016

La Devesa de Girona es triste o está triste, no queda claro

Brincaría de alegría cualquier ciudad que dispusiera de un parque central como la Devesa de Girona, una arboleda urbana con 2.500 ufanos plátanos centenarios a lo largo de 40 hectáreas, el parque urbano más extenso de Catalunya. En cambio los gerundenses dudan, se interrogan, no saben exactamente qué hacer con él. En 2010 el pleno municipal ya votó un plan de usos y gestión del Parque de la Devesa, así como su reglamento de actividades. No diluyó los titubeos. El pasado mes de abril se colocaron más farolas para aumentar la iluminación, se demolieron algunas estructuras en desuso, se eliminó una parte del asfalto del vial perimetral que resigue el río Ter, utilizado hasta entonces como aparcamiento de coches. Era fruto
de un Plan de Choque municipal, cuando el alcalde era todavía Carles Puigdemont. Ahora el Ayuntamiento quiere elaborar otro Plan Especial de la Devesa para definir el futuro.
El mes pasado se reactivó la plataforma ciudadana Salvem la Devesa para reivindicar un parque destinado a la gente y no a «vertedero del Ayuntamiento, que lleva ahí todo lo que no sabe dónde poner», así como un nuevo emplazamiento para al mercado, las ferias y otras actividades sobrepuestas que lo ocupan 223 días al año en promedio. 
El editor y escritor Quim Curbet manifestó en esa ocasión que la Devesa ha sido «un espacio castigado por las inclemencias de la historia y la indiferencia de los gerundenses. Es una parte inseparable del patrimonio de la ciudad, sin embargo hemos hecho todos los posibles para degradarla», rodeada como está de un cinturón de vehículos y nuevas edificaciones como el Palau de Fires o el Auditori, que no han contribuido a protegerla. 
Quim Curbet ya le dedicó el 10 de octubre de 2013 un artículo en su blog Barretades, en el que acertaba: “La Devesa, las devesas, es el paisaje del eterno otoño gerundense“. 
El problema va por ahí, la identificación abusiva de la Devesa con un otoño melancólico que se prolonga todo el año. En Girona el otoño no dura como en todas partes.
Desde la época en que fue calificada de ciudad gris y negra por los románticos, los gerundenses denotan una inclinación al protagonismo otoñal y la melancolía asociada de forma también abusiva. Girona ha evolucionado muchísimo, sin embargo los viejos calificativos románticos tienen la piel dura. 
Años atrás repliqué con un artículo del diario Avui contra otro publicado en el mismo medio por el escritor gerundense Antoni Puigverd cargado de aquella melancolía de la ciudad gris y negra, calificativo y casi eslógan del que le ha sido tan difícil desprenderse.
Antoni Puigverd se refería a la Girona vieja “gris, húmeda, recluida sobre sí misma“. También a “la niebla que envuelve las piedras de la ciudad“ y “la lluvia que lame y lustra la carne fría de las piedras“. Y acababa por afirmar en su artículo: “Girona es más hermosa bajo la lluvia “ (Avui, 27-10-1994). 
Me permití contraopinar que Girona posee muchos otros colores y que la parte húmeda, gris y negra no ha sido nunca la que más me atrae de esta capital. El debate persistente sobre el uso de la Devesa deriva de la falta de ideas claras, planes ambiciosos y liderazgo ciudadano del Ayuntamiento, quien parece echar de menos en silencio la época dinámica del alcalde socialista Quim Nadal, igual que algunos gerundenses parecen echar de menos el otoño permanente.

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