30 oct. 2017

Nuestra vida en la Borgoña, al menos la pequeña parte nuestra

El multimillonario francés François Pinault se acaba de zampar por 250 millones de euros 7,5 hectáreas más del viñedo de la Borgoña, concretamente la finca Clos de Tart en el municipio de Morey-Saint-Denis, en la mítica comarca vinícola de la Côte de Nuits. En el mismo momento se estrena en los cines de aquí el film francés Nuestra vida en la Borgoña. Relata con gran atractivo cinematográfico el dilema de los hijos empujados a vender las pequeñas fincas heredadas para poder pagar los impuestos de sucesión. Tiene el acierto de situar por una vez el viñedo más valorado del
mundo desde la perspectiva cotidiana de quienes aman la tierra familiar y el vino que producen en ella, no solo desde la óptica financiera de los inversores, las estadísticas, los rankings.
El vino es uno de los productos básicos y a la vez más míticos, un milagro primigenio de la misma estatura que convertir el trigo en harina de pan o las aceitunas en aceite. Sin el vino no nos habríamos civilizado igual. 
Cuando el hombre prehistórico convirtió una liana silvestre en cepa y vinificó por fermentación el mosto o jugo de uva, entendió que la tierra puede tener una sangre alegre, energética, redentora de las penas. También culminó su primera embriaguez. 
El vino pasó a ser visto como un fluido vital igual que la savia, el esperma, la leche o la sangre. Descubrió al mismo tiempo el sentido de culpa, la resaca, el remordimiento. Y también el comercio. 
El vino francés ha gozado de un elevado prestigio, a veces merecido. La Borgoña se sitúa en la cúspide de ese prestigio. La finca Romanée Conti tiene menos de dos hectáreas y el vino que lleva su nombre se vende a 32.000 euros la botella, el de la añada de 1996. 
La voracidad de los inversores se ha abalanzado sobre los viejos viñedos para comprar prestigio. La tierra no saben qué es, a diferencia de los pequeños viticultores familiares, como los de la película Nuestra vida en la Borgoña
Francia es el país europeo que produce más películas y vende más entradas de cine, gracias a la reglamentación estatal que lo protege a través de un marco fiscal propio. También es el segundo exportador mundial de películas. En 2013 el gobierno socialista francés no solo descartó la subida del IVA del 7 al 10%, sino que lo rebajó al 5% para el cine, el teatro y los libros (en España el gobierno del PP lo aumentó del 8 al 21%). 
Ni siquiera el protagonismo de la joven actriz francesa Ana Girardot en el film Nuestra vida en la Borgoña (en la foto) logra eclipsar la atracción de un paisaje de viñas y viticultores familiares, asediado por los inversores.

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