4 may. 2020

Hoy cumple 50 años el Almadraba Park Hotel de Rosas, reabrirá y estaremos

Hoy se cumplen cincuenta años. Josep Mercader, poco después de abrir el Motel Empordà de Figueres, inauguró su segundo establecimiento, el Almadraba Park Hotel en Roses. El cincuentenario debía celebrarse con la presentación de un libro que ya está impreso. Nadie podía imaginar que el hotel se enconttraría cerrado al público temporalmente. Pero reabrirá y saldrá reforzado como ejemplo de que las cosas en el mundo turístico también se pueden hacer bien y que el principal lujo es el talento de la sencillez llevada a la alta calidad. Una década después de abrir, el 2 de noviembre de 1979 murió de un infarto Josep Mercader. Tenía cincuenta y tres años y dejaba dos hijas: Anna Maria y Lídia. Jaume Subirós, casado con
Anna Maria Mercader, se encontró a los veintinueve años al frente de ambos establecimientos y con las hipotecas por pagar.
En aquel momento crítico empuñó las riendas no solo como continuador, más bien como refundador movido por la autoexigencia, la devoción por un sueño heredado, la humildad atrevida y una dosis de temeridad visionaria. Acabó por convertir los dos establecimientos en intambaleables (la definición no es de Josep Pla, maestro en la búsqueda de calificativos, sino de la pluma igualmente afinada de Eduard Puig Vayreda). Los hijos Albert, Jordi y Lluís Subirós se han incorporado al relevo generacional.
El substrato que caracteriza a este hotel no es obra de una sola persona, ni siquiera de una sola generación. Cada generación ha aportado un grado de renovación. La maduración requiere sabiduría, la evolución también. La experiencia vivida y la memoria entendida como valor de inversión deberán ser compatibles en adelante con condicionantes nuevos. No miramos atrás para recapitular ni echar de menos. El destino principal de la mirada es el futuro, suponiendo que el cambio climático y demás epidemias no alcancen a cambiar el relato del todo.
Reabrirá, y estaremos por muchos motivos, entre ellos las sobremesas que el establecimiento favorece, aquel arte de la conversación en vías de mutación incierta, aquel estilo de vida mediterráneo quizá inconsútil pero irrenunciable. O también para escuchar contar a Jaume Subirós: “El día en que vi a un cliente alemán eligiendo en el bufet del desayuno una rebanadita de pan con tomate, colocaba delicadamente encima unos filetes de anchoa marinada de Roses y disfrutaba visiblemente, ne dije que algo hicimos bien”... 

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