Roma debe ser la ciudad de fuera que amo desde hace más tiempo. De vez en cuando regreso para reencontrar amigos (si no están ocupados), para ramblear a lo largo de la monumental escalinata barroca de Piazza di Spagna (si no está en obras) para sentarme a tomar uno o dos amari en la terraza del bar de Piazza Farnese (si no está cerrado) y mirar pasar el aire de la vida mientras juego mentalmente a los dados con los recuerdos: algunos fútiles, otros exquisitos y fragantes como una ofrenda a los dioses que nunca dicen nada. Roma es una ciudad de plazas que se sienten queridas, comprendidas, reconocidas, mientras se marchitan lentamente con la fe puesta en algún
