Charles Baudelaire dice en su poema El cisne: “El viejo París se acabó: la forma de una ciudad cambia más deprisa que el corazón de un mortal”. La ciudad que cambia más deprisa debe ser Nueva York, por naturaleza. Capital del mundo al precio que sea, capital del capital, capital de capitales habitada apenas 350 años atrás por una tribu de indios en taparrabos cuando las metrópolis europeas ya encauzaban la revolución industrial. Hoy lo lidera casi todo desde la cumbre de un Olimpo compacto de edificios que se definen por la pretensión de rascar el cielo a fin de desafiar no se sabe bien a quién, superar no se sabe bien qué, engrandecerse no se sabe bien cómo. Las tres cuartas partes de la población se las apaña. La última cuarta