Me sorprendió que en la última hornada de condecorados con la Creu de Sant Jordi que concede la Generalitat figurase un amigo poco amante de este tipo de medallas. Naturalmente, aproveché para hurgarle un poco en la contradicción. Me contestó con una sentencia exculpatoria que François Mauriac soltó en circunstancias parecidas: “La Légion d’honneur, ça ne se demande pas, ça ne se refuse pas et ça ne se porte pas”. Encontré aceptable la elegancia esquiva de la frase y dejé de aguijonearle. Tal vez porque durante la conversación recordé que yo también acepté años atrás, con sentimientos divididos, una condecoración
