Ayer me dieron cita y entré por primera vez al bar del hotel Cotton House de la Granvía barcelonesa, pared por pared con el Palace (antes Ritz). El nombre y el edificio no son más que la adaptación pretenciosa de la antigua Casa dels Cotoners, la sede de la patronal del ramo que reunió a la flor y nata de la burguesía catalana, el “sanedrín” tan bien descrito desde dentro en las memorias Una vida entre burgesos, de Manuel Ortínez, que fue su consejero-delegado, o retratado desde fuera en varios libros del historiador económico Francesc Cabana. La emblemática sede representativa del lobby algodonero catalán convertida en hotel rococó por “el aclamado interiorista Lázaro Rosa-Violán” (según
