Ayer fuimos a recorrer el camino de ronda de Calella de Palafrugell al Golfet sin los incisos de la canícula, quiero decir sin la fanfarria del pastiche humano de pleno verano. Con la humildad asomada a la gloria del paisaje de marina que caracteriza a estos senderos, serpentean entre las sinuosidades de la costa y permiten vivir a pleno pulmón el sueño de la vida libre por una rato. Son las migajas caídas de la mesa del festín urbanístico, convertidas en joyas del patrimonio natural. Llevo décadas recorriéndolos con emoción creciente y ritmo de paso decreciente, sin lamentar los tiempos acelerados, en una especie de procesión personal expiatoria, gozosa y sostenida. En 2009 les dediqué en las páginas de El Periódico una serie veraniega en 14