Por alguna razón equivocada, el mármol arrastra una imagen de frialdad insensible y refractaria. En cambio yo siempre lo he considerado una de las piedras más cálidas, tal vez porque la asocio a ciudades que amo intensamente. Subir al Partenón de Atenas, rodearlo de cerca y tocar furtivamente las columnas de níveo mármol blanco del Pentélico, aunque esté prohibido, me sigue despertando una emoción corpórea, física, biológica. El centro urbano de la Roma barroca –el mismo de la Roma actual-- está protagonizado por el mármol travertino, que absorbe la luz solar y dora las paredes de la Urbe con la distinta intensidad del tostado, el rojizo o el pajoso, dentro de una gama de matices cutáneos de sensualidad viva. En la Florencia