20 jul. 2012

El orgullo perdido de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92

El próximo miércoles 25 de julio se cumplen veinte años de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Apenas veinte años han girado tristemente el clima colectivo como un calcetín. Aquellos Juegos Olímpicos fueron un éxito en múltiples aspectos: después de 25 años de democracia y autonomía, Cataluña y la administración socialista de su capital demostraban la alta capacidad organizativa de una gran ciudad mediterránea moderna y su dinámico carácter europeo, tal como comprobaron y disfrutaron 9.300 atletas de 169 países, 30.000 voluntarios y 3.500 millones de telespectadores de todo el mundo. Fuimos una capital feliz, acogedora, transformada, capaz de superar en la práctica largas
épocas de opresión. En sus memorias Oda inacabada, el alcalde Pasqual Maragall escribe: “Los Juegos Olímpicos fueron para Barcelona el aprendizaje del éxito, la convicción probada de todos los ciudadanos que somos capaces de plantearnos retos ambiciosos y complejos. Demostramos que Barcelona puede arrastrar a toda Cataluña y tender puentes bien fructíferos con España. Fueron los 16 días más intensos de la historia reciente de la ciudad, con unas derivaciones formidables en materia de autoestima y ambición, de renovación urbanística e infraestructuras modernas, y de consideración por parte de visitantes de todo el mundo cada vez más numerosos”.
Hoy, ¿qué se ha hecho de todo aquel potencial probado? ¿Quién lo ha dilapidado? El actual Ayuntamiento de la ciudad ha decidido, como “medida de ahorro”, que ni siquiera encenderá el magnífico pebetero del estadio olímpico de Montjuïc, como se hizo en otras ocasiones conmemorativas. Apenas veinte años atrás demostramos algo. Tan solo veinte años.

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