15 may. 2013

El perfil oficial del coronel Escofet no debe ocultar lo demás

Hoy he entregado al a consejero de Interior de la Generalitat la donación al Servicio Histórico del Cuerpo de Mossos de Esquadra de los documentos que me legó su responsable durante la República y la guerra, el coronel Frederic Escofet. Mi primer libro fue, en 1979, la biografía de este militar republicano exiliado, tras incontables conversaciones con él en Bruselas. He donado los documentos tras la excelente impresión que me causó la visita al Servicio Histórico del Cuerpo de Mossos de Esquadra y su pequeño museo, dirigido por el subsinspector e historiador Fèlix González Fraile con la colaboración del agente David Hidalgo. Sin embargo honrar el ejemplo cívico del coronel Escofet no puede
limitarse para mi a su perfil oficial y por escribo los siguientes párrafos. 
Los jóvenes catalanes que a finales de los años 1960 vivíamos en Bruselas éramos invitados a celebrar cada aniversario del poeta exiliado Josep Carner en su casa con un te con pastas. Los mismos jóvenes fuimos a enterrarle en el cementerio del barrio de Uccle en junio de 1970. Ante el féretro recubierto con la bandera de Cataluña, el viejo militar exiliado Frederic Escofet leyó en nombre del gobierno republicano un discurso fúnebre a la altura de la dignidad caramente pagada del finado y del redactor. Envié la crónica del sepelio al diario barcelonés Tele/exprés, que no se atrevió a publicarla porque aludía a la presencia del presidente de “la llamada Generalitat en el exilio”, Josep Tarradellas. 
El director del diario Avui me encargó que realizase con mucho tacto una entrevista a Frederic Escofet. En Bruselas era conocido como el tendero del establecimiento “Costa Brava. Vins et Specialités d’Espagne” de la Rue Lebeau nro. 65, junto a la céntrica plaza del Petit Sablon. Era sabido que el viejo militar exiliado podía ser capaz de explicar interminables batallas a quien traspasara la puerta de la tienda, más aun si conseguía llevarle hasta la trastienda convertida en saloncito de visitas. 
Me costó admitir que Escofet no vivía tan solo de glorias pasadas, hasta convertirme en su amigo, su biógrafo, su confidente y casi su nieto. Los jóvenes periodistas en misión de corresponsales en el extranjero durante el franquismo huíamos del espíritu nostálgico que parecía emanar de los exiliados. Preferíamos imaginar el futuro en la sala de prensa del Mercado Común o en los apartamentos de los becarios conspiradores que pocos años más tarde se convertirían en ministros. La Guerra Civil nos gustaba más descubrirla en los libros de Hugh Thomas que entre los viejos protagonistas de carne y hueso. 
Me dispuse a escribir la primera entrevista al coronel Escofet con la misma inclinación con que otros días me tocaba redactar una crónica sobre los excedentes europeos de mantequilla. La entrevista, sin embargo, fue larga. Duró diez años, hasta la muerte de Escofet. Las conversaciones se convirtieron en repetidas páginas de prensa y una biografía. Sobre todo se convirtieron en una larga lección de civismo entre dos generaciones supuestamente distantes. El coronel Escofet no desgranaba el rosario de los acontecimientos históricos como un profesor, sino que introducía un elemento esencial: la razón por la cual él había obrado de aquel modo en cada ocasión, frecuentemente a contracorriente. Todas sus razones, detalladas con amenidad oral y una ironía finísima, se podían resumir en una sola: el deber cívico aplicado, vivido y pagado a precio fuerte. Resultaba una novedad para quienes procedíamos de la educación de la posguerra civil. 
En una de aquellas conversaciones me dijo: “Mi padre era millonario y yo he pasado una miseria espantosa. Tengo hijas y nietos y estoy solo en Bruselas. He perdido mi carrera militar. Me hirieron cinco veces, tres en Marruecos y dos en la Guerra Civil. Me vi inmerso en política sin buscarlo. Fui diputado compromisario, dos veces Comisario General de Orden Público de la Generalitat, ayudante personal de los presidentes Maciá y Companys, ministro del gobierno republicano en el exilio. He perdido carrera, fortuna y familia, más no podía perder. Pero tengo una gran satisfacción, lo único que me compensa: la estima, la simpatía y la consideración que, cosa rara, he sabido conservar. Cuesta mucho conservar el prestigio, yo lo comparo al amor. Toda persona puede inspirar un gran amor, lo difícil es conservar ese amor durante cuarenta años”. 
Lo que no desveló en ninguna entrevista, libro ni conversación pública fue que el camino del exilio lo emprendió con su segunda mujer, hacia quien profesaba un amor apasionado y casi clandestino. En la trastienda del establecimiento "Costa Brava. Vins et Specialités d'Espagne" la repisa de la chimenea se veía presidida por la foto de una señora muy atractiva, una relación hacia la que conservaba una gran fidelidad. No me lo dejó publicar entonces, por consideración a la primera esposa y a la familia. 
La atractiva señora de la fotografía era Carmen Trilla Cabeza, casada con un médico barcelonés y madre de tres hijos al iniciar el idilio extraconyugal con Escofet. El marido se enteró de la relación, Escofet le pidió una entrevista para reconocer los hechos y comunicarle que marchaba al frente con toda la intención de hacerse matar dignamente, como única salida a la situación. En contra de la versión que dio en sus dos libros La desfeta: 6 d'octubre de 1934 y La victòria: 19 de juliol de 1936, la verdad es que la herida de bala en el pecho sufrida en el Frente de Aragón fue fruto de desobedecer durante veinticuatro horas la orden de retirada, esperando que el ataque enemigo le resultase mortal. Recuperado pese a todo de la herida, encajaría inmediatamente la siguiente en la batalla de Teruel. 
En el Hospital Militar de Barcelona, en vísperas de Navidad de 1937, Carmen se instaló a su lado con el nombre de señora Escofet, para no separarse más. El marido tramitó el divorcio. Ella pidió a Escofet que no hiciese lo mismo. Carmen se incorporó como secretaria de Escofet, nombrado nuevamente jefe de los Mossos de Esquadra. No dudó en seguirle en el momento del éxodo. En Francia realizó las gestiones para liberarle del campo de concentración de Argelés, donde fue internado junto a la columna de Mossos que mandaba. 
Se desplazaron a un hotel de París. El padre de Escofet les localizó y les ayudó a instalarse en Bruselas. En 1940 la invasión alemana obligó a la pareja a huir de nuevo. Camino de la frontera francesa, Carmen fue alcanzada en la cabeza por un bombardeo alemán. Murió en junio de 1946, tras una larga agonía, en el hospital de Bruselas. Escofet inicio otra tanda de peripecias para repatriar el cuerpo embalsamado y hacerlo enterrar en Barcelona. 
Decía que la única mentira de su vida consistió en afirmar que era su esposa para satisfacer los trámites necesarios. Más de treinta años después me repetía: "Lo primero que haré el día que pueda regresar a Barcelona será ir a la tumba de Carmen". Giraba la mirada, húmeda, hacia la foto que presidía la repisa de la chimenea en la trastienda de la Rue Lebeau. Alcanzó a vivir con la misma pasión un último episodio inesperado del gran amor, al recibir en Bruselas la visita de una de las hijas de Carmen, con quien entabló una afectuosa amistad. 
El esperado decreto-ley sobre la situación de los militares que durante la Guerra Civil lucharon del lado de la legalidad republicana le causó gran decepción en 1978. Solo legislaba sobre las pensiones de jubilación, sin entrar en el tema de la rehabilitación. Decidió mantenerse en el exilio por motivos de honorabilidad. Su regreso a Cataluña no se produjo hasta dos años más tarde. Por expresa voluntad suya, a la llegada del autocar de línea que le transportó desde Bruselas solo se encontraban los familiares más directos, un abogado amigo y aquel joven corresponsal que lo había publicado casi todo sobre su vida. 
Me hice acompañar por un fotógrafo de prensa para recoger la llegada del jovial anciano, con una maleta en cada mano, una instantánea reproducida al día siguiente por todos los diarios. Al cabo de unas semana retornó a Bélgica, aunque repitió las estancias en Barcelona. Un cáncer de próstata le llevó a la muerte en 1987. Vestido con el uniforme de coronel del ejército tal como pidió, la capilla ardiente se instaló en el Palacio de la Generalitat, que él defendió en fechas cruciales. Esta es la historia que fingíamos ignorar los jóvenes recién llegados a Bruselas cada vez que pasábamos con indiferencia ante la tienda “Costa Brava. Vins et Specialités d’Espagne”. Tardé unos cuantos años en entenderla y ahora no quisiera que se viera obviada en el perfil oficial.

1 comentarios:

  1. Acabo de leer el libro de Sonsóles Ónega, Después del amor, basado en la historia de amor entre Federico y Carmen. Sin duda alguna puedo decir que ha sido no sólo uno de los mejores libros que he leído, sino una de las historias más apasionantes que nunca he escuchado. Creo que las circunstancias que los dos tuvieron que vivir y hacer frente fueron terribles.
    La historia de Federico y la historia de Carmen, y la historia de los dos, me apasiona tanto que ahora no puedo evitar buscar en los hilos de la historia más información sobre ellos, porque creo que ambos merecen no ser olvidados.
    Por esa razón, he acabado en su página, señor Febres, la cual me parece muy interesante y me encantaría felicitarle por su trabajo y por haber tenido la suerte de haber conocido en persona a Federico y haber podido compartir conversaciones con alguien tan interesante como él.
    Sólo puedo agradecerlo enormemente haber compartido esa información que nos hace conocer a las generaciones posteriores un poco más sobre la historia de dos personas que sufrieron las consecuencias devastadoras de las guerras.
    Un cordial saludo,
    Sara

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