19 nov. 2013

La dificultad comprobada de entrar en el laberinto, no solo salir

El estiloso editor italiano de libros de lujo Franco Maria Ricci acaba de presentar en Milán el nuevo volumen ilustrado Labirinti y para celebrarlo ha anunciado que en 2015 abrirá un laberinto de 3 km de bambú dedicado a Jorge Luis Borges en su residencia campestre de Fontanellato (Parma), donde alojó al escritor argentino en alguna ocasión, así como alojó a sus obras en la colección Biblioteca de Babel del prestigioso sello FMR. La explicación que ha ofrecido el editor Ricci es, por el momento, lo más sustancioso de la iniciativa en Fontanellato: “Una tarde quise ofrecer un cocktail en honor a Borges con cuatro amigos, pero se presentaron
500 de toda Italia. Un delirio. En los días sucesivos logramos quedarnos algo más solos y, paseando por el parque, con el acuerdo ya establecido sobre la Biblioteca de Babel, tuve el impulso de decir a Borges: ‘Me gustaría construir un laberinto, ¿me da alguna idea? Pero no un laberinto cualquiera, quiero hacer el mayor laberinto del mundo’. Entonces Borges me disparó el tiro de gracia: ‘El mayor laberinto del mundo ya existe y no se puede superar: es el desierto’. Me desanimó, aunque posteriormente he soñado de nuevo con mi laberinto”.
En realidad el laberinto de Franco Maria Ricci dedicado a Borges en Fontanellato se ha visto adelantado en cuatro años por el de la Fundación Cini de Venecia (en la isla de San Giorgio Maggiore), que inauguró en sus jardines el año 2011 una réplica a menor escala (3.250 arbustos de boj) del que construyó el diseñador inglés y “laberintologista” Randolph Coate con 12.000 arbustos de la misma especie en la aristocrática finca Los Alamos de la familia Aldao-Bombal (hoy hotel rural de lujo) en la ciudad argentina de San Rafael (Mendoza), inspirado en el poema borgeano “El jardín de los senderos que se bifurcan”. 
Me hubiera gustado mucho recorrer pausadamente esos dos laberintos dedicados a Borges, suponiendo que en el primer caso hubiese conocido su existencia y en el segundo me hubieran dejado entrar. Visité en dos ocasiones distintas la ciudad de San Rafael, en 2008 y 2009, y nadie me habló de ningún laberinto. Días atrás reservé por correo electrónico con anticipación una visita al de Venecia, tal como indica su web que debe hacerse, pero una vez llegado a sus puertas con el vaporetto el acceso se encontraba suspendido porque la fundación acogía no sé qué congresos. El acceso a algunos laberintos es laberíntico, con una cierta lógica interna. Me contenté con recitar ante la reja el verso de Borges del poema “El hilo de la fábula”: “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”. 
Desde los albores de la civilización los laberintos ejercen un atractivo mítico gracias a la leyenda del Minotauro y el hilo de Ariadna, recuperada por el humanismo del Renacimiento en la versión de juguetones jardines neoclásicos. Para conmemorar el tercer centenario del que sigue abierto en el palacio de Hampton Court (a orillas del Támesis y a media hora de tren de Londres, con solución del recorrido en el artículo correspondiente de la Enciclopedia Británica), los ingleses decretaron en 1991 el Año de los Laberintos y sumaron 15 nuevos a los 88 existentes en el país. También Italia, foco del Renacimiento, dispone de laberintos ilustres: el de Villa Barnarigo en la localidad de Valsanbizio di Galzignano (Padua, inaugurado en 1688 a lo largo de 3 km de recorrido ajardinado), el restaurado del Giardino Giusti en Verona o el de Villa Pisani en Stra (también a las puertas de Padua).
En Barcelona el Laberinto de Horta, abierto en 1802 en la finca de los marqueses de Alfarrás y actualmente parque municipal, es el más importante de toda España y una muestra notable de jardín neoclásico. Está abierto al público de par en par, cada día, sin reserva previa.

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