20 nov. 2013

Volver o no volver al lugar donde un día fuimos felices

Joan Manuel Serrat escribe muy bien y releo ahora su largo artículo “Aquel verano de 1953, en Ibiza”, que abría el mes de agosto de 2008 el suplemento de verano de El Periódico. El cantante afirmaba: “No se ha de volver al lugar donde un día fuimos felices. Las luces y la magia que ahora celebro desde el recuerdo, ya no están”. Esas palabras suyas me recuerdan vivamente la famosa “Canción de las simples cosas”, del cantautor argentino César Isella, que tanto nos gusta entonar a Cecilia Rossetto y a mi (en mi caso en privado estricto y modesto), los días en que nos ponemos muy sentimentales: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó a la vida/ y entonces comprende cómo están ausentes las cosas queridas./ Por eso muchacho
no partas ahora soñando el regreso,/ que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo”...
Serrat dice que no se ha de volver a esos lugares, Isella vuelve pero comprueba la huella de la ausencia. A mi me gusta regresar a los lugares donde un día sentí la caricia de la felicidad, pese a saber qué encontraré en ellos ahora y qué me faltará porque el paso del tiempo lo ha devorado. Por ejemplo a los rincones del Jardín del Luxemburgo parisino, donde tomé esta foto dos o tres otoños atrás. La felicidad ya no está de la misma forma que en etapas anteriores, pero el lugar y yo sí que estamos. Y sé que ella también regresa, renovada, a veces.

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