30 jul. 2014

Todo el Louvre por una ventana

Siempre me ha parecido discutible la costumbre turística de ir de museos al visitar una ciudad, como si formase parte del inevitable circuito establecido. Yo no lo hago. Una vez visto años atrás el museo de cada lugar, generalmente solo vuelvo si tengo un motivo preciso y renovado, no por costumbre. Excepto al Louvre, el único al que regreso siempre, invariablemente, con motivo preciso o sin él. El museo más importante del mundo por sus colecciones representa un espectáculo en sí mismo y uno de los mejores paseos parisinos, al margen de las piezas eminentes que contiene y las exposiciones que organiza. Las piezas ya las conozco, pero el recorrido
del Louvre se renueva continuamente con envidiable dinamismo (el pasado año batió su propio record de 10 millones de visitantes anuales).
De mañanita acudo a la cola de entrada, antes de que abra las puertas, en verano poco después de clarear o en invierno cuando aun es de noche bajo una temperatura impertinente. La pirámide de acero y vidrio inaugurada en 1989 como nuevo vestíbulo de acceso al museo ya se ha convertido en insuficiente para canalizar con fluidez el volumen de visitantes. Cuando tras superar la cola acabo por entrar, experimento una satisfacción ganada con un pequeño esfuerzo paciente y por lo tanto doblemente gratificante. Echo un vistazo a la Victoria de Samotracia, a la Venus de Milo y a la Gioconda, pero me fijo con mayor interés en las dos cosas que me llevan a regresar al Louvre: el ballet de visitantes fascinados y, sobre todo, la vista al exterior que ofrecen los ventanales.
Los altos ventanales del antiguo palacio real asomados al aire libre de los jardines de las Tullerías son la obra de arte que me conmueve mayormente, la que me empuja a volver. Los 200 millones de euros de presupuesto anual del Louvre (100 del Estado francés y 100 de ingresos propios y mecenazgo) incluyen el mantenimiento de los jardines de las Tullerías. Claro, son su pieza maestra.

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