23 dic. 2014

La luz mediterránea de San Francisco ahora ya parece de pantallita

El poeta de 95 años Lawrence Ferlinghetti todavía ha publicado este año el libro Across the Landscape: Travel Journals (1950-2013), sus notas de viaje de los últimos 60 años, aunque la ciudad de San Francisco que él ha simbolizado durante todas estas décadas se ha visto engullida por los efectos millonarios de la vecina Silicon Valley y los grandes negocios de Internet, es decir por un aumento estrepitoso de la desigualdad entre los nuevos millonarios y los nuevos pobres. Hoy es la ciudad más cara de Estados Unidos, no ya la de la mítica librería City Lights Bookstore, fundada por Ferlinghetti en 1953, aunque siga abierta. La ciudad más europea, de luz más mediterránea de Estados
Unidos, se caracterizaba por desmarcarse del estilo de los viejos millonarios de Wall Street en Nueva York. Convertida en la capital mundial de la tecnología, ha segregado a sus millonarios del gran negocio de la red informática, el coste de la vida se ha disparado y ha expulsado a los residentes de rentas bajas o medias que no pueden seguir el ritmo.
En etapas anteriores el Ayuntamiento de San Francisco votó una derogación de la normativa que impedía dedicar calles a personajes vivos a fin de bautizar una con el nombre del poeta Lawrence Ferlinghetti a raíz del 40 aniversario de la apertura de su legendaria City Lights Bookstore, en la esquina de la avenida Columbus con la de Broadway. La librería debutó con un capital de 500 dólares y la intención de vender paperbacks (libros de bolsillo) a 25 centavos. Siempre ha estado abierta hasta las doce de la noche, siete días por semana. Dos años después sumó la hoy mítica editorial City Lights Bookshop y su colección The pocket poet series, que vendió 700.000 ejemplares del Howl (Alarido) de Allen Ginsberg y un millón del poemario de Ferlinghetti A Coney Island of the mind
Lawrence Ferlinghetti vino en 1991 a Barcelona y recitó sus poemas en el Aula Magna de la UB. Al mismo tiempo que los recitaba en inglés, el añorado profesor José María Valverde los traducía al castellano y decía sentir “la emoción de la historia”. De los diez poemas que recitó aquel día, siete eran de A Coney Island of the mind, dos inéditos y el último recién escrito aquella misma mañana en la Plaza Real. 
La universidad acogía al poeta de la calle, al poeta de bolsillo, al poeta librero, siempre dispuesto al contacto personal con la clientela y a las giras de lecturas (algunas de elles quedan reflejadas en el libro de viajes que acaba de publicar). Tan solo esta clase de poetas alcanzan a tener en vida una calle en su ciudad, antes de precipitarse a la inmortalidad, aunque las calles y la ciudad hayan cambiado infinitamente más que ellos.

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