25 abr. 2015

La tramontana es una luz, ante todo es una luz

Este artículo también se publica hoy en el suplemento "Cultura/s" de La Vanguardia.

Durante unos años me he dedicado a rastrear lo que se ha escrito sobre la tramontana y me he llevado algunas sorpresas, como expongo en el libro Elogi i refutació de la tramuntana, que editará la Diputación de Girona en su Colección Josep Pla. Me confieso reincidente en el intento de relatar un viento al que amo. En 1995 publiqué junto al biólogo figuerense Josep M. Dacosta el libro titulado La tramuntana, en la colección Quaderns de la Revista de Girona. He seguido indagando sus implicaciones desde distintos campos. La ciencia se mantiene a prudente distancia en cuanto a los
vientos y sus consecuencias sobre los humanos, de modo que cede todavía mucho terreno a creencias ancestrales y expansiones literarias. Aquí no disponemos de un trabajo como el que Vladimir Jancovic dedicó a Reading the Skies: A Cultural History of English Weather (The University of Chicago Press, 2000).
En todo el mundo asocian con frecuencia el viento violento a temporales oscuros y dramáticos, ventiscas gélidas o bien torbellinos abrasadores del desierto, como en las novelas oceánicas de Joseph Conrad o la tremenda "Oda al viento del oeste" de Shelley. La racheada tramontana, que atañe especialmente al Rosellón, el Ampurdán y Menorca, es el viento más potente de toda la Península Ibérica y el Mediodía francés, un fenómeno natural singularizador y legendario. Provoca hasta hoy relaciones de amor-odio, un estado de ánimo divergente entre partidarios de un cierto vitalismo de línea clara frente a los incomodados por su estridencia. 
La tramontana no es solo un viento, tal vez ni siquiera es principalmente eso. Se trata más aun de una luz y, a continuación, un poderoso personaje literario, un mito persistente. Se detecta su aparición sin salir de casa, con solo comprobar por la ventana la luminosidad de la atmósfera. También se puede reconocer por las interpretaciones tan encontradas que suscita. Se manifiesta el 45% de los días del año en el Rosellón, el Ampurdán y Menorca, sobre todo en otoño e invierno, aunque con fuerza muy variable. A veces no pasa de brisa casi rutinaria. 
Posee la virtud poco habitual de ser un viento invernal soleado, un fabricante de claridad. Sin duda es fría, pero vivifica como un estimulante capaz de despertar las apetencias y espolear las ideas, un estado de iluminación viva que rejuvenece contornos y subraya el perfil de las cosas, una fluidez lumínica que imanta la retina sobre el escenario y lanza un alegato vibrante a favor de la claridad florescente (no fluorescente) de los días enérgicos, un dandismo atmosférico que impregna la realidad y articula el cielo con la tierra mediante un fulgor metálico, un movimiento de la materia cargado de habilidad expresiva, una fenomenología de la mirada, un lujo pneumofílico y vital. 
La tramontana premia la mirada abierta, amplia y elegíaca con la luminosidad del barroco y le otorga una nueva profundidad de campo, una agudeza que modela bodegones de naturalezas vivas, marca líneas subrayadas y procura una filiación inesperada con la pureza de las cosas, una fidelidad infrecuente con su perfil más auténtico, un retorno a la memoria de aquello que es capaz de alcanzar el ojo íntegro, lúcido y combativo para discernir lo que parecía inexistente los demás días. Para sus partidarios, los días de tramontana son una idea de libertad. 
El vocablo latino anima deriva del griego anemos. Significa viento, el aliento que mueve al espíritu en sentido trascendente. La conducta neuronal, la vida secreta de las neuronas, depende también de la cantidad de luz absorbida por el organismo a lo largo de la jornada, por eso las estaciones menos soleadas parecen propensas a una menor cantidad de estímulos. Solo en teoría el aire es un estado gaseoso invisible, incoloro, transparente, inodoro e insípido. Por el contrario, la tramontana es un viento que se ve. Considerada de este modo, para mi ha sido casi una cuestión moral reconocerle su dignidad, la nobleza de sus intenciones, sus brillantes talentos, su entusiasmo contagioso, la carcajada de su rostro de oro y todo lo que refleja del carácter humano. No somos nada más, en definitiva, que biología, emociones y lenguaje. 
Tal vez la tramontana resulte algo ampulosa, sobreactuada por momentos, aunque no sea a la manera versallesca, sino como una insolencia adolescente que se verá aplacada tarde o temprano por la indulgencia del paso del tiempo. Sus detractores le reprochan el exasperante lloriqueo, el gemido desacompasado cuando silba en rachas inconstantes, espasmos intermitentes, breves aceleraciones de periodicidad imprevisible, bandazos bruscos e irregulares que suenan sin remedio en el interior de las casas a través de la flauta formada por las rendijas de puertas y ventanas, a veces como el silbato doliente de una caña quebrada, otras con un tono grave y desamparado. No debe culparse al viento, sino al hermetismo deficiente de esas puertas y ventanas. 
Josep Pla hablaba con frecuencia del silbido obsesionante de la tramontana en su casa. Cuando el sobrino heredó y restauró el Mas Pla de Llofriu, no entendía cómo su tío escritor insistía tanto sobre el particular. Renovó los marcos con hermético material aislante y no escuchaba ningún silbido, gemido, bramido ni nada semejante. Las ventanas de las casas de antes --y muchas de ahora-- cerraban mal, no es preciso ir más allá ni darle la culpa a la tramontana. Me pareció una explicación poco literaria, aunque irrebatible. Me llevó a pensar en todas las páginas y todas las adjetivaciones planianas alimentadas en realidad por la deficiencia constructiva o la vejez de los materiales, no por el viento mítico. 
La tramontana ha orquestado de forma reconocida el carácter de la vida local en comarcas enteras como el Ampurdán, el Rosellón y Menorca, igual como otras ramas del viento norte derivadas del mismo tronco: el cierzo o mestral de las tierras tarraconenses y el mistral del Languedoc y la Provenza. Esos vientos destacados no carecen de explicación racional. La tienen, ni más ni menos que otros fenómenos naturales, pese a escaparse a veces por algunos puntos de fuga del azar, el accidente o el capricho cósmico. 
Se ha abusado del supuesto rostro feroz de la tramontana, lo que equivale a estigmatizar a la lluvia porque a veces provoca inundaciones o repudiar al sol porque puede causar sequías. Al catastrofismo humano le gusta pensar que la tramontana es un fenómeno de crónica negra, truculento, sensacionalista y atormentado. No es cierto. La inmensa mayoría de los días --la práctica totalidad-- en que se hace presente no tiene nada de extrema. Chalados puede haberlos en todas partes, pero tocados por la tramontana exclusivamente en el Rosellón, el Ampurdán y Menorca. No se trata de ninguna locura, trance ni desvarío. Deriva de la realidad explicable, a veces tan fabulosa, tan superior a cualquier arbitraria ficción, valga la redundancia. 
El fenómeno natural del aire en movimiento siempre generó una densa mitología, desde griegos y romanos. En la propia Biblia el rey David atribuye su abrasadora pasión por Betsabé a que "soplaba un viento ardiente del desierto que mata a los camellos y enloquece a los hombres". El magistrado romano Marco Porcio Catón, conocido por Catón el Viejo o el Censor, fue enviado al frente de veinte naves de guerra a pacificar la Hispania Citerior el año 195 aC, residiendo en Ampurias y Tarraco. En su libro Orígenes afirmó: "El viento cierzo os llena la boca cuando habláis y revuelca a un hombre armado y a un carro cargado". La frase fue reproducida y aumentada en Noches áticas por Aulo Gelio. Hipócrates, en el tratado Aire, aguas, lugares, otorgó suma importancia a la relación entre vientos y enfermedades, aunque los principios hipocráticos hayan evolucionado mucho desde el siglo V aC. También Séneca habló largamente de vientos en el libro quinto de las Cuestiones naturales
En su Historia del Ampurdán, Josep Pella i Forgas alude al templo romano erigido al cierzo en Narbona y lo identifica con la tramontana. François Rabelais en Pantagruel, Edmond Rostand en Cyrano de Bergerac (“Ninguna viento puede, nariz magistral, resfriarte del todo, salvo el mistral”), Stendhal en las Memorias de un turista, Alejandro Dumas (padre) en Impresiones de viaje: de París a Cádiz o Jean Giono en el libro Provenza, dejaron páginas palpitantes sobre el mistral, mientras que Frederic Mistral declinó todas las variaciones del vocablo que le apellidaba en Lou Tresor dou Felibrige ou Dictionnaire Provençal-Français. En su inmortal “Súplica para ser enterrado en la playa de Sète”, Georges Brassens cantaba: “Procedan de España o de Italia, cargados de perfumes y músicas hermosas, el mistral y la tramontana sobre mi último reposo pondrán el eco de vilanella un día, de fandango otro, de tarantela o de sardana”. 
La tramontana comenzó a ser estudiada científicamente gracias al anemógrafo de Bourdon que pudo instalar el primer director del Observatorio de Perpiñán, el médico Jaume Fines, autor del Résumé des observations faites à Perpignan pendant cinquante ans (1851-1900), publicado en 1903. El trabajo apareció cinco años antes que las Observacions de Sant Feliu de Guíxols: resultats del 1896 al 1905, de Rafael Patxot i Jubert, realizadas en el observatorio particular situado precisamente en el punto de la costa catalana donde la tramontana fenece con este nombre. No significa que en otras zonas, por ejemplo Barcelona, no soplen vientos emparentados, de características menos acusadas aunque de efectos similares en lo que respecta a crear días despejados y diáfanos, de una atmósfera tónica, luminosa y pasajeramente más limpia. 
En todo el mundo se encuentran regiones cuyo carácter se ve marcado por el viento, por su viento, cuando sopla con periodicidad y fuerza destacadas. El de la misma dirección y características que la tramontana se llama bora en el Adriático septentrional, vardarac en el golfo de Salónica y meltemi en el mar Egeo. Los aragoneses creen que su cierzo, que denominan moncayo, recibe el nombre por proceder de esa montaña colindante con la provincia de Soria. Los andaluces encuentran que su viento solano les amodorra, un viento terral procedente de La Mancha, acanalado por el valle del Guadalquivir, frío en invierno y abrasador en verano. 
Son asimismo de tipo seco como la tramontana otros vientos reputados de distintas latitudes, como el chinook de las Montañas Rocosas norteamericanas y los valles afluentes del río Missouri, el Santa Ana de California (del que también dicen que "make people crazy"), el zonda del interior de Argentina a sotavento de los Andes, el khamsin norteafricano, el sharav de Arabia e Israel, el sirocco argelino, el chergui marroquí o el levante de Cádiz, procedente de la depresión sahariana y acelerado por el embudo del estrecho de Gibraltar. Raymond Chandler retrató el Santa Ana californiano en el arranque de la narración corta Viento rojo: "Aquellos vientos secos y cálidos que descienden de los puertos de montaña alborotan el cabello, hacen saltar los nervios y erizan la piel. En noches como esas cada fiesta termina en peleas. Las mujeres palpan la hoja del cuchillo de trinchar y estudian la nuca de sus maridos. Puede ocurrir cualquier cosa...”. 
Sobre la tramontana no solo han hablado los autores locales, como era de suponer. También otros como Vladimir Nabokov, Claude Simon, Joseph Delteil o Gabriel García Márquez. Lo que no causa sorpresa, por su fatal reiteración, es el enfrentamiento polarizado entre amor y odio, entre testimonios favorables y refractarios, entre la descripción y la leyenda. 
Beneficiados o abrumados por la tramontana polemizaban ya de forma altisonante el año 1878 en las páginas del semanario El Eco Ampurdanés, órgano del Casino Figuerense y su republicanismo federal. Casi una década más tarde Eduardo de Arévalo publicó el año 1887 en Barcelona El libro de la tramontana. Impresiones de las ráfagas del viento huracanado del Ampurdán. Algunos capítulos fueron reproducidos en 1954 en El llibre de la tramuntana, editado como suplemento de El Ampurdanés. En anexo incluyó la primera traducción al castellano del "Manifeste Mystique", de Salvador Dalí, aparecido tres años antes en francés, inspirado según el pintor “por la tramontana en su lado nórdico”. 
Jacint Verdaguer ya había recurrido al latido épico de la tramontana en su discurso presidencial de los Juegos Florales de La Bisbal d'Empordà de 1901. Solo siete años más tarde, en 1908, Joan Maragall escribió la letra de la sardana "L'Empordà", con música de Enric Morera, en la que consagró la expresión de "palau del vent". 
En 1911 aparecieron las Prosas bárbaras del gerundense Prudenci Bertrana, con el capítulo titulado a "Cómo se levanta la tramontana", una soberbia descripción que por su detalle documental mereció ser reproducida in extenso el año 1950 en el trabajo científico de Eduard Fontseré La tramuntana empordanesa i el mestral del golf de Sant Jordi. Por su lado, Pere Corominas publicó en 1918 Les Gràcies de l'Empordà, una de las cuales era la tramontana. Josep M. de Sagarra dio a conocer en 1923 el poemario Cançons de rem i de vela, donde dejó asimismo constancia de su visión sobre el papel de este viento. En la fantástica Balada del sabater d'Ordis, publicada en 1954, Carles Fages de Climent no se quedó atrás. En 1980 Joan Guillamet publicó Vent de tramuntana, gent de tramuntana, una recopilación de artículos, entrevistas y retratos con información sobre el fenómeno. 
No es de extrañar que Josep Pla fuese el más prolífico y contradictorio. En su juventud le dedicó el trabajo El vent de garbí i la tramuntana (Assaig sobre la meteorologia del país), donde afirmó: "Cuando Maragall calificó al Ampurdán de palacio del viento, tuvo una intuición profunda, genial, de este rincón de mundo tan bello". En cambio, en el volumen póstumo Escrits empordanesos Pla opinó completamente a la inversa: "El poeta Joan Maragall escribió que el Ampurdán era el palacio del viento. Lo dijo, probablemente, como un elogio. ¡Siniestra collonada! Es imposible ligar la forma arquitectónica de un palacio con ningún viento". 
Dos premios Nobel de Literatura escribieron sobre la tramontana. Uno era novelista catalán (el galardón no ha sido nunca concedido a un escritor en lengua catalana, pero sí a un catalán de expresión francesa, el rosellonés Claude Simon), el otro residía temporalmente en Barcelona y realizaba incursiones en el Ampurdán. Desde 1940 hasta su muerte en 2005 Claude Simon pasó una parte del año en la casa familiar de Salses, batida por la tramontana. Su ingreso en la corriente del nouveau roman se produjo en 1947 precisamente con la novela Le vent, ambientada a un punto no precisado del Mediodía francés dominado por el viento, al que describía con aquella ilusión innovadora de ausencia de puntos a lo largo de párrafos extensos, referidos a una ciudad que cualquier lector puede identificar con Perpiñán. 
Gabriel García Márquez, el otro Nobel de Literatura, vivió en Barcelona de 1967 a 1974 y raíz de una estancia en Cadaqués escribió la narración titulada "Tramontana", publicada en 1982 en Doce cuentos peregrinos. Declaradamente supersticioso, el autor del realismo mágico encontró a la tramontana los ángulos más truculentos. El escritor checo Bohumil Hrabal pulsó la misma cuerda al visitar Cadaqués en noviembre de 1993, invitado a la segunda residencia de sus editores barceloneses, en el artículo que publicó La Vanguardia el 25 de diciembre de aquel año bajo el titulo “Y toda la noche silbaba la tramontana". 
Antes que ellos, Vladimir Nabokov vivió la misma experiencia desencantada. Uno de los grandes ausentes del premio Nobel de Literatura realizó una estancia en el hotel balneario fronterizo de Le Boulou, a un tiro de piedra del Canigó, entre el 8 de febrero y el 24 de abril de 1929, relacionada con su interés por las mariposas campestres. En la novela Desesperación escribió: “No salí mucho: me daban miedo los truenos sobre mi cabeza, aquel viento de marzo incesante, turbulento, cegador, aquel soplido asesino de la montaña […] Seis días después de mi llegada el viento se puso tan violento que el hotel podía compararse con un barco en medio de la tempestad a mar abierto: los cristales temblaban, les paredes crujían y el follaje siempre verde caía hacia atrás con un ruido de reflujo y después, precipitándose hacia adelante, asaltaba la casa”. Nabokov redujo su estancia y se trasladó a un punto más resguardado de la comarca pirenaica vecina de Arieja. 
El poeta originario de las Corberas narbonesas Joseph Delteil escribió, en su libro de 1927 titulado Perpignan, palabras más entusiastas sobre la tramontana: “Es uno de los grandes vientos del mundo, auténtico hermano del mistral. Tengo por el viento más que amor: una pasión particular. Dicen que deprime, a mi me embriaga; dicen que enfebrece, a mi me sostiene. Es el acento tónico de la vida”. 
Finalmente, Ian Gibson volvió a colocar ribetes dramáticos a la tramontana, en la biografía La vida desaforada de Salvador Dalí, atribuyéndole todo tipo de traumas interiores. El abuelo paterno Gal Dalí Viñas se suicidó en Barcelona en 1886, a los 36 años, de lo que dedujo Gibson: "Durante su infancia Dalí debió escuchar historias de personas que se habían suicidado en Cadaqués bajo la influencia de la tramontana, y ahora descubría que su propio abuelo, quien huyó de Cadaqués porque temía a aquel viento funesto, había sido incapaz de eludir su destino. No debe sorprender, por lo tanto, que años más tarde, sin citar ningún nombre, dijera que los cadaquesenses eran 'los mayores paranoicos que el Mediterráneo haya engendrado jamás'. Una vez tocados por la tramontana quedaban tocados para siempre". 
Pocos autores han captado, sin embargo, que la tramontana representa sobre todo una luz, una luz triunfante. Siempre me he sentido secretamente convencido de que cuando Goethe exclamaba en su agonía “Luz, más luz”, invocaba sin saberlo a un día de tramontana.

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