24 jul. 2016

El único día que entré en el Hostal de la Gavina de S’Agaró

Invitado por la familia propietaria Ensesa, la semana pasada el president de la Generalitat asistió a la inauguración del legendario y ahora renovado restaurante Candelight del Hostal de la Gavina de S’Agaró. Al leer la noticia caigo en la cuenta de que no he entrado nunca en el Hostal de la Gavina, pese a lo que escrito sobre él, pese a mi edad provecta y la frecuencia con que transito por aquel territorio. No he entrado nunca porque el glamur atribuido a las elites del dinero y al lujo de talonario me repelen sin remedio. Sin embargo en una ocasión fui invitado a comer por el nieto del fundador, Josep Ensesa Monsatvatge, y la
esposa Carmona Viñas en la casa particular anexa al hotel y sus Jardines de Senya Blanca. Formaban parte del almuerzo mi mujer, el pintor Xavier Carbonell y la escultora Rosa Serra, que habían gestionado la cita.
Desde pequeño miraba de afuera con ojos maravillados aquellos míticos jardines y su logia de Senya Blanca. El día en que entré por primera vez me sentía turbado antes de empezar. Por la mañana la tramontana menguó y anunció la intención de rolar a gregal. El cielo quedó fabulosamente limpio, lustrado. El sol llevaba los colores del mármol a la incandescencia, el aire afinado tonificaba.
Supongo que habríamos podido comer en alguno de los salones del Hostal de la Gavina, pero los anfitriones pusieron la mesa en su jardín particular, que engloba la logia neoclásica construida por el arquitecto Francesc Folguera frente al mar y el camino de ronda, diseñada sin duda alguna en un momento de elevación, un arranque inspirado, un instante de estado de gracia. El mirador en forma de templete se convirtió en la rúbrica de la Costa Brava noucentista que no pudo ser. 
Comimos en la casa construida por el arquitecto Rafael Masó en 1924, más concretamente en su jardín de Senya Blanca creado por Folguera en 1954, dentro de la urbanización de S’Agaró que culminó Adolf Florensa en 1960. En la mesa me tocó un lugar provocativamente encarado a la logia. 
Durante el primer plato, la piedra porosa de las siete arcadas de medio punto sustentadas por columnas jónicas, extraída de los sedimentos lacustres de Banyoles, adoptó un tono y casi una textura de piel bronceada. Al segundo plato, el inicio de la tarde la tornasoló hacia la gama delicadísima de los ocres. A los postres, la piedra tenía la dulzura de la miel y a lo largo de la sobremesa la progresión de las sombras la envolvió con un velo de sueño, de sueño de la Costa Brava que no pudo ser. La logia de Senya Blanca es el marco más civilizado que el hombre de este país ha sido capaz de ponerle al mar y lo proclamaba con el destello de un diamante. 
Al levantarnos de la mesa pedí a Josep Ensesa que tuviera la amabilidad de asomarse conmigo a la balaustrada de la logia, con el pretexto de inquirirle algunos detalles casi táctiles. Mis preguntas obtuvieron respuestas precisas y solícitas, aunque tocadas por un aire de melancolía, como si sus palabras se diluyeran en una pugna perdida de antemano contra la realidad, incapaz de seguir garantizando su validez, su utilidad, su vida. 
La evolución sociológica del turismo y de la urbanización de S’Agaró dirán lo que quieran. Yo mismo he escrito algunos de sus episodios. Lo único que no se ha visto afectado es la logia de Senya Blanca. No le pasa el tiempo, el salobre no la corroe. Es una reducida y sapiente destilación de siglos de ejercicios de estilo, un instante afortunado de muchas vidas sumadas, un punto ingrávido y extraterritorial de la belleza que a veces se encarna en la plenitud huidiza, casual, arbitraria, culminante. 
No es más que una logia, que de pequeñito ya admiraba de la mano de mis padres desde el camino de ronda inferior, con una insistencia mítica e incondicional como ahora. Aquel único día, invitado a comer, la recorrí por dentro. Aunque en realidad hacía tiempo que nos conocíamos, furtivamente, muy de cerca.

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