30 jul. 2016

Los cipreses toscanos como obra maestra en las afueras de Montepulciano

La belleza y la vejez del ciprés alcanzan la máxima expresión en el camino humilde y a la vez triunfal que conduce con astucia escenográfica a la iglesia de San Biagio, en las afueras de Montepulciano, una obra maestra del Renacimiento del arquitecto Antonio Sangallo el Viejo, otro milagro artístico del Cinquecento toscano. La armonía de líneas y proporciones del templo se ve realzada por el hecho de encontrarse a cuatro vientos en la soledad de un prado, en un solo bloque arquitectónico compacto, recubierto por una calma soleada y provincial, por los instintos plácidos que parecen dormir el dulce sueño de los angelitos rurales. El edificio se inspira, a más pequeña escala, en el proyecto de Donato Bramante para la basílica de San Pedro del Vaticano que no se llevó a cabo. Sus
fachadas de mármol travertino incorporan el paso del tiempo y hacen de él un mérito, del mismo modo que absorben la luz solar cambiante de cada segmento del día y doran las paredes con las distintas intensidades del tostado, el rojizo o el pajoso, una prodigiosa gama de matices cutáneos y sfumature que abandonan la noción empírica de color y se convierten en calidez carnal.
La rara armonía del lugar está protagonizada igualmente por el recurso al camino de cipreses que desemboca de manera muy intencionada. El camino empedrado lleva actualmente el nombre de Viale della Rimembranza, porque al pie de cada ciprés han colocado una pequeña placa en memoria de soldados italianos caídos en la Primera Guerra Mundial (en aquella ocasión lucharon junto a las potencias democráticas aliadas).
La iniciativa memorialística es discreta y no altera el papel principal de la silueta de los cipreses, de una esbeltez sobria, dórica, viva y asentada, en ningún caso fúnebre ni severa. No hay en la naturaleza ningún árbol sepulcral mientras corra savia por sus venas y la biología lo mantenga en pie. 
Soy un fervoroso admirador de los cipreses en la Toscana, en el Ampurdán y el conjunto del Mediterráneo, de su elegancia afilada, erecta, grave y grácil, su verde oscuro perenne replegado sobre sí mismo, con las ramas adheridas como escamas al tronco resinoso.
El ciprés es un llameante obelisco vegetal de líneas puras y densas como una flecha –o como un paraguas cerrado, si se quiere ver así. Posee un perfil de cuerda tensada, de gallardete acerado, tutelar, cósmico.
Algunos han querido verle un carácter melancólico que yo no le he encontrado nunca. Al contrario, siempre pienso que es el único árbol del que nadie puede colgarse. Los cipreses balizan y subrayan el paisaje como si fuesen signos ortográficos de puntos de admiración.
No ofrecen sombra ni fruto muy aprovechable, sin embargo han tenido y tienen muchas funciones. Una de ellas como símbolo funerario remonta a los griegos y romanos, por su espléndida vejez considerada como prenda de paz y eternidad.
Ha sido utilizado igualmente como seña de hospitalidad a la entrada de las casas de campo, como árbol de hilera a lo largo de caminos predilectos o barrera vegetal para proteger del viento a huertos y sembrados. En San Biagio, en las afueras de Montepulciano, forman parte de pleno derecho de una obra maestra.

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