1 sept. 2016

En Marsella todo se compra y se vende con cierta ligereza histórica

La compra consumada por el millonario especulador inmobiliario norteamericano Frank McCourt del popular club de fútbol Olympique de Marsella no constituye ninguna bagatela. Se trata del club que representa a la segunda ciudad de Francia, el gran rival histórico del París Saint-Germain y el único del país que ha ganado una Copa de Europa, aunque actualmente figure a la cola de la clasificación por la crisis sobrevenida tras la muerte del anterior propietario, un magnate suizo. La suerte empresarial del Olympique marsellés refleja la de la ciudad. La segunda ciudad de Francia hace tiempo que tiene un problema: no ha querido ser nunca la
capital del amplio sur sin nombre, la mitad del país que puede llamarse Mediodía desde el punto de vista geográfico, Occitania en sentido histórico o región Provenza-Alpes-Costa Azul en los actuales papeles administrativos.
Marsella siempre ha girado la espalda a la Provenza en beneficio de la propia vocación de puerto abierto al comercio exterior. Ese beneficio ha sido también su debilidad: se secó de golpe a raíz de la traumática independencia de Argelia en 1962. La descolonización arrastró hasta la ciudad a una nueva población castigada, ya fuesen franceses pieds-noirs expulsados o argelinos independientes en busca de trabajo. 
La crisis de identidad –y de trabajo-- duró mucho. Ha sido el terreno abonado para mantener viejos clichés a propósito de los marselleses necesariamente ingeniosos y decadentes, primitivos y filosóficos, arcaicos y socarrones, provincianos y entrañables. En definitiva, atrasados por naturaleza... 
El cliché, como todos los clichés, es una caricatura de trazo gordo y esquemático. Pero no deja de ser verdad que la célebre avenida de la Cannèbiere, el bulevard más cosmopolita de Francia se ha convertido en tenebrosa sombra de sí misma, con edificios nobles en ruina, tiendas cerradas, comercios reorientados hacia los saldos, hamburgueserías expeditivas, cines furtivos y sex-shops grasientos. 
Las cosas están cambiando con cierta rapidez o cierta lentitud, según se mire, en la medida que depende de la inyección de dinero de los planes oficiales para intentar revitalizar el tejido social. El programa de flamantes equipamientos como Capital Europea de la Cultura 2013 fue una operación más en este sentido de revestimiento luciente. 
El balance demográfico vuelve a ser ligeramente positivo, con un censo de 865.000 habitantes. El índice de paro supera cómodamente la media nacional. 
En las callejuelas empinadas del popular barrio del Panier, donde se agolpaban los burdeles más legendarios de este lado del Mediterráneo, hoy saltan a la vista las rehabilitaciones de viviendas y comercios. En el barrio Cours Julien, más conocido como Cours Ju por la manía francesa de las contracciones coloquiales, el antiguo mercado de la ciudad ya se ha convertido en zona de moda entre la juventud burguesa. En el de la Joliette y sus antiguos depósitos portuarios, se levanta el gran centro de negocios, con flamantes edificios de arquitectura contemporánea.
Las nuevas empresas aportan un esperado dinamismo social, aunque no siempre un gran volumen de puestos de trabajo. La primera empresa privada de la ciudad (la Compañía General Marítima) ocupa 1.200 trabajadores, el Ayuntamiento 12.000. 
El amplio edificio barroco de la Chapelle de la Vieille Charité, en el corazón del barrio del Panier, ya restaurado por el longevo alcalde socialista marsellés y ministro Gaston Defferre, se ha transformado en un espacio de exposiciones de arte contemporáneo y activo centro cultural. El antiguo mercado del pescado de la Criée asomado al Vieux-Port, auténtica catedral de la materia prima de la bullabesa, lleva tiempo acogiendo al mejor teatro. 
Marsella ya no es solamente la de los viejos clichés. Las caricaturas deben perfilarse con nuevos elementos. Todavía se puede subir a la basílica de Notre Dame de la Garde para dominar la panorámica de la gran metrópolis portuaria y detectar las punciones de la modernidad sobre su mapa vivo. Todavía puede tomarse el aperitivo en la arteria neurálgica de la Rue de la République, con un verdadero y refrescante pastís inventado aquí. Todavía se puede comer la bullabesa -carísima—en cualquier restaurante del Vieux-Port con los ojos puestos en el horizonte marino. 
Todavía se puede tomar la golondrina de paseo hasta la isla de If, con el castillo y el presidio popularizados per Alexandre Dumas (padre) y su personaje Edmundo Dantés, el fabuloso conde de Montecristo. La embarcación pasa por la Bahía de los Catalanes, una de les ansas laterales de la rada del Vieux-Port, aunque el nombre no sea ningún homenaje. Evoca el desembarco en este punto el año 1423 del ocupante Alfonso IV el Magnánimo de Catalunya-Aragón, quien saqueó la y se llevó como trofeo el relicario de san Luis de Anjou (el rey Luis IX de Francia) y la cadena que cerraba el puerto marsellés, que se sigue contemplando en el interior de la catedral de Valencia. 
Se pueden reseguir viejas trazas de la personalidad marsellesa, pero ya no es la Marsella del escritor costumbrista Marcel Pagnol. Ahora es más bien la del novelista marsellés Jean-Claude Izzo, de padre italiano y madre española, autor de los thrillers más vendidos de la Série Noire de la editorial Gallimard. Murió de cáncer de pulmón el año 2000, a los 54 años, después de haber creado el personaje del policía hedonista Fabio Montale como tributo al detective Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán y al comisario Salvo Montalbano de Andrea Camilleri. 
Marsella siempre ha sido una ciudad mestiza, también es una vieja tradición. Todas las viejas tradiciones reciben últimamente una cantidad creciente de matices, incluso alguna inversión.

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