27 abr. 2017

Ayer descubrí los miraviñas en el mar de cepas del Penedés

Ayer fui a descubrir el nuevo invento de los miraviñas, los miradores de viñas construidos desde hace dos años en varios puntos de la comarca del Penedés. El primero de todos fue el Mirador del Circell –o del Zarcillo-- en Les Gunyoles, uno de los núcleos del término municipal disgregado de Avinyonet del Penedès (1.650 habitantes), a 8 km de Vilafranca. El nombre del Mirador del Circell no es inocente, está muy bien puesto. Hace referencia a la forma espiral que los diseñadores han dado a esta miranda, habilitada en el Puig de la Mireta, sobre la pauta del elegante órgano filamentoso y prensil, el tallo muy fino que permite cada primavera a las ramas de la viña encaramarse, emparrarse, enroscarse como una hélice alrededor de
los soportes dispuestos a tal fin para que los pámpanos dejen pasar el sol y madurar la uva. La viña es, en origen, una liana. Los zarcillos son sus dedos.
La forma helicoidal del nuevo mirador también está destinada, funcionalmente, a permitir que el visitante describa durante su leve ascensión la vuelta completa a la vista circular que ofrece: el llano del Penedés, el macizo del Garraf, el Mediterráneo, Montserrat, el Pirineo nevado... El impacto de la pequeña instalación es literalmente espectacular, tal vez incluso demasiado. Ayer, además, lloviznaba. 
Encontré que la vista panorámica goza de un prestigio exagerado. El infinito es un mito sobrevalorado que permite ver poca cosa, la inmensidad diluye la riqueza de los detalles, el latido de la realidad concreta, el valor crucial de las pequeñas cosas, la importancia de cada pieza del paisaje. Los grandes panoramas inducen a la vaguedad, en cambio la proximidad hace tocar de pies al suelo. 
La viña en el Penedés tiene la extensión de un mar. Es la primera comarca por superficie de viña plantada (37% de toda Catalunya), un 60% de la vendimia se destina al cava. Una vez instaurados aquí los miraviñas de gran angular, sería bueno acompañarlos con otros de efecto lupa, de contacto táctil con las cepas, los zarcillos, los pámpanos y los sarmientos. Algunas cosas importantes no pueden ser solamente contempladas en panorámica, necesitan también ser vistas de cerca, tocadas, acariciadas para entender de qué están hechas. 
Estoy seguro de que estas mismas sillas de contemplación situadas en lo alto de los miraviñas prestarían un servicio muy elocuente si las pusieran entre dos hileras de cepas y que la proximidad obligara a concentrar la mirada en la infinita sabiduría de los repliegues más íntimos de la vida de un pie de viña. 
Les Gunyoles es el lugar perfecto para conseguirlo. Combina con gran destreza la modestia con la grandeza, la hospitalidad con la falta de límites. El municipio se encuentra repartido en barrios de nombres evocadores y carácter propio: el centro operativo de Avinyó Nou (antiguamente llamado Les Cabòries, 600 habitantes) y alrededor Les Gunyoles (300 hab), l'Arboçar (180 hab), Cantallops (250 hab), Sant Sebastià dels Gorgs (100 hab)... 
Los amigos que ayer me invitaron poseen una casa familiar en Les Gunyoles y han trabajado de lo lindo para mejorarla. Me permitieron entender, sin necesidad de muchas palabras, aquel carácter propio de los distintos núcleos de Avinyonet del Penedès y, también, la necesidad en algunos momentos de arremangarse para ponerse a la altura de la tierra y sintonizar un poco.

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