23 dic. 2017

Cuento de Navidad en el aeródromo de la pequeña ciudad interior del país lejano

Una persona amiga me repetía entre lágrimas al acercarse la Navidad cómo echaba de menos a su pequeña ciudad interior de origen, en un país lejano donde dejó a una parte la familia. Para ayudarla a aliviar el desconsuelo le propuse facilitarle el viaje y acompañarla en la anhelada visita. Ella partió antes y me esperaría allí. La localidad disponía de un pequeño aeródromo, del que a mi llegada atravesé la pista a pie para cubrir la distancia entre el avión que me acababa de transportar desde la capital del país lejano hasta el reducido edificio de la terminal de la pequeña ciudad interior. El primer vistazo circular desde la pista del aeródromo no me proporcionó mucha información sobre el lugar desconocido al que llegaba. La llanura,
en aquel punto, parecía muda. Un grupo de residentes vinieron a esperar a sus amigos y familiares, a quienes abrazaban efusivamente para compensar una larga impaciencia.
Estiré el cuello por encima del grupo con la esperanza de localizar a la persona que debía acogerme a mi. No la vi, no estaba. El grupo de acogedores y de viajeros se fue dispersando a bordo de una hilera de vehículos privados, entre los que distinguí muy pocos taxis. 
La terminal quedó finalmente sin un alma. Los empleados se marcharon, dado que el avión siguiente no llegaría hasta mañana o pasado. Me coloqué en la calle, con la maleta a mis pies, solo.
Respiré con deleite el aire libre, después de las horas de vuelo, con la boca pastosa del viaje removido y la puntita de mareo inevitable. No podía desentumecer mucho las piernas por los alrededores, para no tener que arrastrar la maleta inútilmente antes de la llegada, sin duda inminente, de la persona que me acogería. 
Desde el punto fijo de mi espera en la acera, el único elemento curioso del escenario era el alto depósito de agua del aeródromo, levantado sobre una estructura piramidal de ingeniería antigua. Lo miré largo rato, sin encontrar gran cosa que decirnos. Muy de vez en cuando pasaba algún coche por la calle de enfrente. 
Puesto a ser positivo, el elemento que me interesó de la situación de espera desconcertada y solitaria era el silencio. En aquella remota pequeña ciudad el silencio tenía una consistencia apreciable. Podía resultar incluso relajante encontrarme a la salida de un aeródromo repentinamente despoblado, inerte, si no fuese por la desazón de entender qué podía haber ocurrido con la persona que me esperaba y no había comparecido a la hora anunciada del aterrizaje. 
Suponía que alguno de aquellos coches que transitaban distantes giraría de golpe hacia el punto donde me hallaba a la espera y que una persona efusiva y agradecida me abrazaría como a los demás viajeros. Era imposible que no viniese a buscarme. El motivo de mi viaje hasta la pequeña ciudad interior del país lejano era reencontrar a la única persona que conocía allí. 
Cuando finalmente llegó, las excusas por el retraso me parecieron vaporosas. La misma situación se reprodujo pocos días después a raíz del viaje de regreso, que también emprendí antes que ella. Me condujo al aeródromo. En vez de esperar a mi lado hasta el momento del embarque, tal como hacían los demás acompañantes efusivos y agradecidos, me depositó en la terminal y se marchó acto seguido.
Ya no me extrañó tanto como el primer día. Le encontré un punto conocido a mi soledad en aquel aeródromo de la pequeña ciudad interior del país remoto.

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