19 mar. 2018

La rivalidad entre Bernini y Borromini en la Roma de hoy

Nadie discutía la preeminencia de Miguel Ángel, pero falleció en 1564 y los papas de Roma y la corte cardenalicia seguían encargando obras a manos llenas para culminar la gran capital barroca destinada a deslumbrar a fieles e infieles. Llegó el momento de Bernini y Borromini, enfrentados. Podría parecer que Bernini ganó la partida: la columnata de la plaza de San Pedro, el baldaquino serpentino de la basílica, los ángeles monumentales del puente sobre el río Tíber que conduce hasta ahí, la fuente del Tritón y la de los Cuatro Ríos en Piazza Navona, la obra maestra escenográfica del Éxtasis de Santa Teresa en la iglesia
de Santa Maria della Vittoria, tildada con razón del “espectáculo erótico más asombroso de la historia del arte, a caballo entre el misterio sagrado y la indecencia” por el historiador Simon Schama en el libro El poder del arte.
Todo eso no demuestra que Borromini saliese perdedor. Ni que sea por la maravilla de su iglesia de Sant’Ivo alla Sapienza, hoy transitable en el centro de la Roma barroca. No me refiero tan solo al interior ni al campanario helicoidal. Pienso en el claustro de entrada, una de las mejores “plazas” de este barrio neurálgico entre el Panteón y Piazza Navona. 
El hecho de no ser exactamente una plaza, de tener que entrar por la puerta, lo libera de la presión urbana de los alrededores. Pero es como una plaza porticada, con muchas de las cualidades y pocos de los inconvenientes inherentes al concepto. Los bancos para sentarse son mínimos y enclenques, aunque también eso se le pueda perdonar. 
Los historiadores del arte ponen el acento en otros aspectos eminentes del recinto. Yo me quedo con la función acogedora, reposante, aireada, del claustro. La palabra “claustro” no designa solamente el patio más o menos monumental de un edificio. También tiene un significado anatómico más suave, de nido protegido, palpitante y vital: el claustro materno. 
Entro cada vez a Sant’Ivo alla Sapienza para deambular por el claustro, lo demás lo doy por conocido desde mi juventud. El claustro me recibe cada vez con una capacidad de distensión, una amabilidad que recorro con sorpresa renovada. 
Entre los adoquines del patio, en primavera, la hierba le sobrepone un verdor de prado tierno. A veces montan pequeñas exposiciones, paneles sobre mil temas del momento que duplican los recorridos posibles del espacio. Lo rodeo o lo cruzo con calma auténticamente barroca, como quien encuentra por unos instantes la cuadratura del círculo. 
En la placita adyacente, la minúscula cafetería Sant’Eustachio genera el zumbido de toda la Roma de hoy que afluye para consumir el mejor café, coronado por la capa de espuma, la mucosa de una textura, un sabor y un color inigualados. El café del bar Sant’Eustachio tal vez pueda igualarse, su espuma no. 
Intento convencer a mis acompañantes de que la fama del bar Sant’Eustachio le debe mucho al hecho de encontrarse bajo el influjo tan cercano de Sant’Ivo alla Sapienza, la obra maestra de Francesco Borromini.

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