22 jul. 2019

La familiaridad del hijo pródigo al regresar a Roma

El centro urbano de la Roma imperial lleva más de veinte siglos en el mismo lugar que el centro urbano de la ciudad de hoy. La manera de cohabitar entre la historia y el presente configura el atractivo de la Urbe. Uno de los puntos brillantes de la cohabitación es el Ara Pacis, monumento del siglo I recubierto el año 2006 por el arquitecto Richard Meier, también autor del blanco edificio barcelonés del Museo de Arte Contemporáneo (MACBA) en el Raval. Richard Meier ha logrado que este rincón a orillas del río Tíber, dominado por una circulación automovilística alocada, se haya convertido en una plaza agradable. Ante tal logro, los datos históricos del monumento pasan a segundo término, aunque sea un segundo término tan eminente. Lo
importante es su manera de convivir con la ciudad del presente.
El Ara Pacis o Altar de la Paz es un templo rectangular de mármol levantado el año 13 aC en honor de la paz conseguida por el emperador Octavio Augusto en la Galia e Hispania. El monumento se vio sepultado con el paso de los siglos, como tantas otras ruinas romanas engullidas. En el momento del bimilenario del nacimiento de Octavio, Benito Mussolini saltó sobre la ocasión de hacerlo reconstruir en 1937 para equipararse implícitamente con el emperador.
Fue reconstruido con la mayoría de fragmentos originales a orillas del Tíber, convertidas en vía de circulación automovilística densa y contaminante. En 1950 ya se añadieron unos biombos de cristal para protegerlo, a pesar de todo se convirtió en un rincón trastero de la ciudad. Aventurarse por ahí a pie resultaba infrecuente y poco recomendable.
El arquitecto Richard Meier no dudó: lo recubrió con un nuevo edificio blanco, respetuoso con el contenido pero mucho más vistoso de lo que hubieran deseado los partidarios de les ruinas ruinosas. Ahora luce, tanto el monumento como el lugar. La gente se da cita a sus pies, lo pasea, se sienta, juega.
El Ara Pacis de hoy, del emperador Octavio y de Richard Meier, es uno de los elementos vivos que contribuye a la sensación de familiaridad cultural, por no decir de hijo pródigo, cuando se regresa a Roma.

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