4 nov. 2019

Los vientos tienen un nombre propio, una cara y una conducta

Los diarios de aquí informan estos días de los grandes incendios que está causando el viento desatado en la Baja California, especialmente en la zona de Los Ángeles, pero no dicen que se trata del característico viento Santa Ana, extremadamente seco y fuerte, que suele soplar a finales de otoño, cuando las grandes corrientes de aire frío descienden de las montañas, se comprimen y calientan en las bajas presiones de la costa. Hablar de viento en general equivaldría a mezclar en el reino mineral un diamante con un guijarro, en el reino vegetal una encina con un chopo o en el animal una hormiga con un conejo. Esto no es correcto, determinados vientos tienen un nombre, una cara y una conducta muy definidos y conocidos, haber escrito
el libro Elogi i refutació de la tramuntana me llevó entenderlo.
Raymond Chandler retrató el Santa Ana californiano en el arranque de la narración corta Viento rojo: "Aquellos vientos secos y cálidos que bajan de los collados de la montaña alborotan los cabellos, hacen saltar los nervios y erizan la piel. En noches como estas cada fiesta acaba en peleas. Las mujeres palpan la hoja del cuchillo de trinchar y estudian la nuca de sus maridos. Puede ocurrir cualquier cosa"...
La leyenda también sostiene allà que el Santa Ana californiano "make people crazy". Adopta el nombre de la orografía local de unas montañas, un río y su cuenca. Forma parte de la familia universal de los de efecto föhn, término alemán que designa vientos cálidos y secos cuando soplan a sotavento de una cordillera, pero originariamente fríos y húmedos. Al topar con el obstáculo orográfico lo escalan y al rodar por la otra vertiente se calientan y deshidratan. Entonces actúan como viento seco, acentúan la temperatura y la evaporación, electrizan el ambiente, hacen chirriar muebles y bigas y favorecen rápidos deshielos, aludes de nieve o incendios.
Los vientos no son algo vaporoso, etéreo, inasible. Tienen una identidad, un origen y unos efectos que merecen ser designados por su nombre propio. Tan solo en teoría son un estado gaseoso invisible, incoloro, transparente, inodoro e insípido. En realidad los vientos se ven, con la cara de cada uno. (foto de Josep M. Dacosta)

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