La villa de Ceret vive dentro de un microclima privilegiado gracias a las bajantes de agua del Canigó y ayer fuimos a comer con un grupo de amigos bajo la parra sobrealimentada por esas bajantes en el céntrico restaurante del Bisbe. Una de los mejores lugares para celebrar la llegada del otoño es bajo una parra centenaria, tupida y cargada de racimos como esta. Nace de tres cepas distintas en la planta baja y trepa frondosa hasta la terraza del primer piso, donde ayer almorzábamos una treintena de comensales sin alterar lo más mínmo la paz dionisíaca del lugar, contagiados por la majestad vegetal del fenómeno. El restaurante del
