La transición del franquismo a la democracia nos llevó a creer en la virtud de la alternancia entre la derecha y la izquierda, primero en el gobierno central y luego el autonómico. Eso parecía garantizar las reglas del juego democrático, ahora laminadas por el incesto entre los intereses económicos y las fuerzas políticas que debían controlarlos. Los parlamentos y los gobiernos se han mostrado irrelevantes o cómplices ante los poderes fácticos. Que la actual Gran Desigualdad haya sido
