En una ocasión lejana mi mujer y yo visitamos al poeta Vicent Andrés Estellés en su casa, en Valencia. La amenidad de la conversación y el interés de sus ojillos por el atractivo juvenil de mi mujer alargaron la sobremesa. Al anochecer nos pidió acompañarle a uno de los frecuentes homenajes que le tributaban en los pueblos de la antigua huerta de los alrededores de la capital, organizado como siempre por la red activista de su editor y amigo Eliseu Climent. Al acercarse la hora de la cena, Estellés solía acudir a un u otro homenaje. El autor de Llibre de meravelles pasó veinte años trabajando de gris redactor-jefe del diario local Las Provincias y, una vez jubilado y consagrada su poesía entre los lectores, gozaba ahora de la calidez del reconocimiento popular, tras publicar la torrencial Obra completa y convertirse en un referente cívico, divulgado también por múltiples cantantes. Su monumental Mural del País Valencià aludía y poetizaba con abundancia a
