Entre todas las expresiones de la fortuna vibrante de las cosas del mundo, las dos que tensan más mi atención suelen ser el paso continuo de la variedad de personas entrevistas por la calle y el arte de la conversación. En el interior de cualquier museo acostumbro a centrarme más en la pose de los visitantes que en la mayoría de obras expuestas. En un vagón de metro encuentro, algunos días, Venus más vitales que en los libros de arte. A veces entro en los grandes almacenes solo por presenciar cómo los clientes componen un virtuoso ballet de mil caras. Viajo a algunas ciudades solo para entregarme a la simple y suntuosa costumbre de mirar pasar la gente en los escenarios singulares del espacio público y, luego, telefonear a algunos amigos del