11 mar. 2013

Sexo es vida, sin ninguna duda, por lo tanto veamos

Aparece con frecuencia un pequeño anuncio recuadrado en las páginas de información general de los principales diarios que proclama: “Sexo es vida”. Hace publicidad para que la gente no se resigne a la abulia y se lo mire. La frase llama la atención por el mérito de la síntesis indiscutible, aunque una segunda lectura insinúa la trampa. La afirmación está bien resuelta y no ofrece lugar a duda, pero el postulado elude que el decaimiento sexual no es solo una cuestión hormonal. También elude que el sexo compulsivo es vida compulsiva o que el sexo de pago no es vida, algo que no
son simples matices, meras subordinadas accesorias de segundo nivel. El valor de la frase del anuncio disminuye a medida que le doy vueltas, sin dejar de tener toda la razón del mundo. Los mensajes publicitarios poseen la fuerza y el magnetismo del relámpago, tan fascinante cuando se mira de lejos en un escenario general, en un plano muy abierto. Si quisiéramos mirar el relámpago de cerca la impresión sería muy distinta, sin dejar de ser el mismo fenómeno, el mismo hecho. Resulta complicado encapsular la realidad en tres palabras bien colocadas. El mérito de la síntesis requiere más pasos.
El hombre es uno de los primates con sexualidad más activa, un promiscuo vocacional en constante disposición –al menos en largas fases de la vida--, en celo casi permanente, un copulador bulímico en comparación demostrada con otros primates como chimpancés o gorilas. A la vez resulta igualmente cierto que el homo sapiens se caracteriza por haber logrado independizar la sexualidad de la estricta fecundación y haberla convertido en una satisfacción más amplia, de mayor sentido. Este principio tiene aplicaciones concretas variadísimas, incluso contrapuestas, dentro de las cuales también tienen cabida la ignorancia, la rutina, la manipulación, el sometimiento, la deslealtad o la delincuencia. Cada persona es un mundo y las asociaciones entre ellas conocen una cantidad de registros inabarcable. 
Todos los humanos salimos de fábrica con un indiscutible deseo sexual, una de las pulsiones más nobles y auténticas. Libidinoso es un adjetivo calificativo, no descalificativo. Pero nos diferenciamos del resto de animales por no mantener relaciones íntimas tan solo cuando estamos en celo y establecer vínculos de pareja más duraderas. A todo el mundo le gustaría una pareja segura, firme, incansable, infalible, a la que solo fuese preciso seguir cómodamente hasta tocar el cielo. El inconveniente es que eso aun no se ha inventado. Cada integrante de la pareja tiene su carácter y tiene sus días. Topamos fatalmente con la realidad del pacto necesario, con el punto de intersección entre los deseos y la vida real. Aquí es donde interviene, también, la publicidad.

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