6 ago. 2013

Las ciudades pueden morir, el caso de Detroit

La suspensión de pagos de General Motors y Chrysler, la crisis de uno de los grandes referentes del sueño americano como era la mirífica fabricación de coches, ha reducido la cuarta ciudad de Estados Unidos de 2 millones a 700.000 habitantes. Tan solo entre 2010 y 2012 la població cayó el 26 %. Cerca de 80.000 edificios abandonados o dañados no hallan quien tenga capacidad de rehabilitarlos. El paro duplica la media nacional y el 36 % de los habitantes subsistentes viven por debajo del umbral de pobreza. El hecho de no encontrar alternativa a la industria del motor ha convertido a Detroit en una ciudad muerta, roída por
la desigualdad social, la delincuencia y las deudas. El 80 % de quienes se han quedado son de raza negra y no tenían elección. El Ayuntamiento se ha declarado oficialmente en quiebra.
Hasta ahora conocíamos los efectos del éxodo rural y casos concretos de éxodo industrial por el cierre de industrias del textil, la siderurgia, la minería o la construcción naval. La diferencia radica en la ausencia en Estados Unidos de leyes sociales que en Europa atemperan en forma de subsidios una parte de los costes de la reconversión y el paro forzoso. 
En la capital del motor, cuna del movimiento sindical norteamericano, empezaron recortando por ley la capacidad de los sindicatos para promover convenios colectivos. El paso siguiente en la “mejora de la competitividad” fueron las deslocalizaciones hacia lugares de mano de obra más barata. Ahora General Motors vuelve a declarar beneficios récord del 9’5 % durante el primer semestre del presente año y Detroit es una ciudad muerta. No es la crisis de una industria, sino la de un modelo social patético que se intenta imponer en todo el mundo, como estamos comprobando en propia carne. No se trata solamente de puestos de trabajo, sino de modalidades de gestión de la crisis, de alternativas, de capacidad de regeneración sobre bases distintas.

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